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El velo

Cuentan los sabios que había una vez una mujer cuyo rostro era muy hermoso, pero ella no opinaba lo mismo y se lo cubría de velos de colores, a pesar de ello los que la contemplaban podían adivinar su belleza. Ella creía que con el velo ocultaba sus pequeños defectos. Defectos que hay que decir, que solo ella los veía en el espejo.

Un día, estaba en el jardín y el calor era insoportable así que decidió quitarse el velo, se encontraba sola, nadie la podía ver, así que levantó su rostro y dejó que los rayos de sol le acariciaran la piel que siempre cubría. Como tenía los ojos cerrados, no pudo observar al cartero que se acercaba y cuando este llamó al timbre desde la verja de la casa, ya era tarde, pues sabía que el cartero la había estado observando durante largo rato sin que ella se percatara. Intentó torpemente volverse a cubrir el rostro con el velo, mientras caminaba para abrir la puerta. Este al ver su inútil intento, le dijo: No hace falta que te cubras el rostro, ya he visto tu hermosura, no entiendo por qué lo haces, ¿Quieren las nubes privar al Sol de su resplandor? La mujer se ruborizó, pero no dijo nada, calló. Cogió las cartas y marchó.

Al día siguiente, volvió a hacer lo mismo se quitó el velo y tomó los rayos de sol. Esta vez estuvo más atenta al cartero, así que cuando este llegó, ella ya tenía de nuevo su velo puesto. El cartero, le volvió a repetir: ¿Quieren las nubes privar al Sol de su resplandor? Ella cogió las cartas, no dijo nada y marchó.

Al tercer día, volvió a tomar el sol sin velo, estaba disfrutando de nuevo de aquellos rayos que tanto le gustaba sentir en su piel, cuando de pronto, dejó de sentirlos, entonces abrió los ojos y vio que unas nubes cubrían el sol, el cielo estaba despejado cuando ella había salido, pero en ese corto periodo de tiempo se había ido llenando de nubes. Esperó que pasaran, pero tras las primeras llegaron otras y cada vez más grandes. Vaya –pensó– qué fastidio, hoy no podré disfrutar de los rayos de sol en mi cara. Y se tapó con el velo antes de que llegara el cartero.

Cuando este apareció, ella lo estaba esperando. Y el cartero, como en días anteriores le repitió la misma pregunta: ¿Quieren las nubes privar al Sol de su resplandor? Esta vez ella le sonrió, cogió las cartas y se marchó. Y mientras se marchaba, iba pensando en la respuesta.

A partir de aquel día, nunca más se puso velo para cubrir su cara y cuando acudió a ver al cartero, dejó que este, al igual que el resto del mundo disfrutara de su belleza. Pues sabía que privar de la belleza al mundo es poco más o menos que un fastidio.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios
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La aguja en un pajar

Cuentan los sabios que existió un campesino que tenía un pajar. En él guardaba además de los utensilios para la labranza, aperos y paja, también restos de lo que anteriormente había sido su oficio, y este no era otro que modisto.

¿Cómo había llegado un modisto a campesino?, se preguntaban las gentes del pueblo. Pero nadie sabía la respuesta, pues él era muy tímido y apenas conversaba con ellos.

El campesino vivía solo en su granja, bueno excepto la compañía de su fiel perro guardián, que cuidaba tanto de las ovejas como de él. El campesino pasaba los días en el campo lloviera o hiciera un Sol de justicia, no faltaba ni uno solo porque siempre había algo que hacer, y las cosechas no podían esperar para tener sus cuidados, por eso y debido a todo el mimo y cariño que ponía en ello, conseguía los mejores productos de la comarca.

También cuidaba con mucho mimo al pequeño rebaño de siete ovejas que tenía y cuando llegaba la hora de esquilarlas, lo hacía cantándoles. En cierta manera, esta era una de la labores que menos le gustaban, pues él que en su interior seguía siendo modisto, se le rompía el corazón al despojar a aquellas pobres criaturas de sus vestimenta natural, por eso les cantaba para intentar darle un poco de fiesta a aquel mal trago.

Una noche, alguien entró en su pajar, pero su perro fiel guardián, lo avisó con sus ladridos desesperados de la llegada del intruso. Este reconoció de inmediato que tenía que poner los pies en polvorosa y con la velocidad del rayo marchó, no sin antes, haber revuelto todas aquellas cajas llenas de hilos, tela, patrones y revistas, que con tanto celo guardaba el campesino. Al entrar en el pajar, enseguida vio el destrozo que aquel intruso había hecho en sus cajas, los hilos estaban llenos de paja, las revistas y patrones, arrancadas, sucias y pisoteadas, y lo peor era que su costurero estaba abierto y en el suelo, se habían caído los dedales, metros y agujas que estaban dentro. Pero lo peor no era aquel destrozo, lo peor era que se había perdido la aguja que con tanto mimo guardaba en una cajita. Aquella simple aguja lo era todo para el campesino, aquella aguja era la razón de sus momentos de felicidad, pues con aquella aguja había aprendido a coser, de aquella aguja habían salido bellos trajes, camisas, faldas y vestidos, con aquella aguja puesta en su pecho mientras cortaba los patrones, había sentido como su corazón latía fuertemente creando lo que a él le hacía feliz.

Pero no desesperó, se sentó y miró todo aquel desastre y pensó. Al cabo de un rato, se levantó y con el mismo mino que años atrás lo había guardado, fue uno a uno recogiendo los hilos, los patrones, las revistas, los dedales y los metros, por último cogió la cajita la dejó abierta en el costurero, y fue noche tras noche, después del largo día en el campo, al pajar, allí pasaba las horas buscando y buscando, no desesperaba pues lo principal era que sabía qué era lo que estaba buscando. Pasó el largo invierno, dejando paso a la primavera y allí noche tras noche el campesino continuaba buscando. Llegó el verano, luego el otoño y su búsqueda seguía sin descanso. Pero en una de tantas noches, al apartar una caja, apareció ella, la que tanto había, buscado, allí estaba escondida, tanto tiempo buscándola y allí estaba esperando a ser encontrada. Se agachó y con una gran sonrisa, la recogió con sumo cuidado, no quería volver a perderla, así que suavemente sopló para quitarle restos de paja y polvo y la volvió a guardar en su cajita donde tanto tiempo la había estado esperando.

A la mañana siguiente, el campesino amaneció renovado, saludó a su perro y marchó al campo, miró sus tierras, los frutos y verduras que había plantado, luego marchó al pueblo, buscó alguien que pudiera hacerse cargo de sus campos, cuando lo tuvo, lo vendió todo y marchó de nuevo, pero esta vez lejos, muy lejos, para volver a ser el modisto que siempre había deseado ser.

Buscamos sin cesar cuando el problema no es encontrar algo sino saber qué estamos buscando, saberlo solo depende de nosotros, porque nadie mejor que nosotros sabe qué queremos encontrar y cómo hallarlo. En ocasiones aquello que buscamos lo tenemos cerca de nosotros, pero lo tenemos guardado en nuestro corazón para que los ojos no lo vean, es entonces cuando si realmente lo deseamos, podemos buscarlo allí, y decidir dejar de guardarlo, entonces y solo entonces, lograremos encontrarlo.

“Los carretes de hilo” Cuadro de la pintora Cecilia Valverde
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El espejo

Cuentan los sabios que existía un espejo mágico en el cual nadie pudo nunca verse: aquel que se miraba solo conseguía ver a los demás, al vecino, al amigo, al hermano, pero nunca a sí mismo.

La fama del espejo corrió como la pólvora y empezaron a llegar gentes de sitios cada vez más lejanos, todos deseosos de comprobar la magia de aquel espejo.

Un día, por casualidad ―o eso pensaban todos, aunque las casualidades no existen―, pasó por allí un hombre.

Se trataba de un hombre sencillo, sin grandes ropajes, con zapatos desgastados de tanto caminar, que había recorrido cientos y cientos de lugares y había conocido a cientos y cientos de personas.

Le asombró ver una multitud alrededor de un objeto.

Se dirigió hacia allí para ver mejor qué era lo que estaba pasando.

Cuando llegó, preguntó a las gentes el porqué de aquella larga cola de personas y qué era lo que estaban esperando.

La gente le contó la curiosa historia del espejo.

Pensó que esto era algo nuevo para él y, como había convertido su vida en un ir dejando que la propia vida le sorprendiera, miró al cielo y con una sonrisa en la cara les dijo a los vientos: «¡Otra sorpresa, gracias!».

Esperó su turno largo tiempo, pues la cola de personas que aguardaban para mirarse en el espejo era muy, muy larga.

Cuando llegó su hora, miró al espejo y en él solo pudo ver un hombre sencillo, sin grandes ropajes y zapatos desgastados.

La gente de alrededor también podía verlo reflejado en el espejo.

Todos se preguntaban cómo era posible que solo él se viera reflejado en el espejo.

Le preguntaron cuál era su particularidad, qué comía, qué bebía, en qué trabajaba.

Pero nada, aquel hombre no tenía nada de especial.

Cuando acabaron las miles de preguntas, él meditó un rato y les dijo:

―A no ser… que yo siempre he visto a mi vecino como yo su vecino. A mi hermano, como yo su hermano. A mi amigo, como yo su amigo. Al pobre o al rico, como yo pobre o rico. Siempre he visto al hombre como yo hombre. Esto ha hecho que nunca me atreviera a juzgar a nadie por sus defectos, pues estos también estaban en mí, y si yo no conseguía corregirlos, cómo iba a reprochar a nadie que no lo hiciera.

Y dicho esto, el hombre prosiguió su camino, pues sabía que aún le aguardaban muchas cosas más por ver y de las que sorprenderse.

Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios
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La lluvia

Cuentan los sabios que existió un lugar donde sus gentes cuidaban la tierra hasta tal punto que si había que dejar de cultivar por unos años, lo hacían aunque de ello dependiera su supervivencia, pues la alimentación de aquellas gentes consistía principalmente en lo que recolectaban de sus cosechas.

Pasó que, durante un año, la lluvia no fue tan abundante como solía ser y la estación de las lluvias fue más corta. Los pastos, debido a la carencia de agua, pronto se secaron y el problema se agravó para el ganado, pues este era demasiado para la escasa cantidad de pasto disponible.

La tierra estaba seca, los animales hambrientos y las gentes preocupadas. ¿Qué podrían hacer si del cielo no caía agua? Lanzaron sus plegarías al viento, pero este parecía no transportarlas, pues la lluvia no aparecía. Algunas gentes decidieron salir en busca de mejores prados, es decir, de tierras más fértiles y marcharon dejando sus casas abandonadas. Otros decidieron quedarse y esperar a la lluvia. Los días fueron pasando y la desesperanza empezó a anidar en los corazones de la gente que no había marchado, por otro lado los que sí lo habían hecho, caminaron y caminaron, y se dieron cuenta que no era empresa fácil encontrar tierras fértiles, y dudaban de si habían hecho bien en marchar, quizás si se hubieran quedado…

Los días pasaban, aunque cuando se va perdiendo la esperanza el tiempo pasa muy muy lento, es como si no abarcara el mismo espacio que cuando se tiene el espíritu lleno de ella.

Cuando los reproches entre los habitantes se empezaron a escuchar y el cansancio entre los que marcharon se fue haciendo notar, entonces la lluvia apareció llevándose consigo aquellos reproches y llenando todos los corazones con la esperanza de que la tierra volviera a ser fértil y los prados verdes para el pasto. Fue el mismo día que las gentes que habían marchado encontraron el lugar que estaban buscando, un inmenso valle donde los pastos eran verdes y la tierra fértil.

Los habitantes que habían quedado dieron gracias a la lluvia y le preguntaron por qué no había aparecido antes, ¿acaso el viento no le había llevado sus plegarías? A lo que la lluvia les respondió:

–Sí, supe de vuestras plegarias, pero sabía que tendríais fuerza suficiente para esperar, ya que otras tierras me necesitaban con más urgencia, pues pronto llegarían personas para habitarlas y no quería que encontraran las tierras secas. Ellos llegaron y el duro camino no fue en balde y gracias a su fortaleza de espíritu encontraron lo que iban buscando. Vosotros también, habéis demostrado ser fuertes de espíritu y por eso también habéis tenido vuestra recompensa, y aquí me hayo.

Después de esto, la lluvia marcho no sin antes recordarles que si alguna vez volvían a sentir que perdían la esperanza en ellos mismos, recordaran que la fortaleza de espíritu es tan grande que puede atraer a la lluvia o hacer que tierras secas sean fértiles y útiles.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios
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La voz del silencio

Cuentan los sabios que existió un músico cuyo don era traducir las palabras que se quedaban atascadas en las gargantas de la gente o que por algún motivo no eran dichas, en el lenguaje de la música.

Dicen que las gentes iban a su casa cuando querían que él con sus dedos interpretara sus palabras. No necesitaban nada, simplemente se sentaban frente a él, pensaban en esas palabras atascadas, en los sentimientos que con ellas querían transmitir y él observándolos, iba transcribiendo aquellas palabras. Era algo curioso, pues cuando componía aquella música, cualquiera que la escuchaba sabía al momento qué quería decir, a veces eran melodías donde el amante se había guardado para sí sus sentimientos ante la pérdida de ese amor. Otras era del padre que no había sabido nunca decir a su hijo lo mucho que le amaba pues no estaba bien visto que un hombre mostrara sus sentimientos; otras de la muchacha cuyas palabras guardaba en su almohada inquieta por la llegada del primer amor. Pero incluso aquellas palabras guardadas de odio, ira, rencor, tristeza, pena e impotencia las interpretaba aquel músico y las transformaba en bellas melodías que esparcían su energía en el aire y quedaban mitigadas a simples pero bellas melodías que producían paz donde hubiera habido enfrentamiento, razón a la sinrazón y amor a todo sentimiento desprovisto de él.

Así que una simple persona, un simple hombre, un simple músico logró con sus manos dar forma a las palabras convirtiéndolas en notas musicales. Haciendo que la música expresara lo que la voz no podía hacer. Convirtiendo a la música en la voz del silencio.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios
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Sin ningún sentido

Cuentan los sabios que existió un río donde una joven pareja se juntaba al anochecer. Cada uno en una orilla, se despojaban de sus ropas y se lanzaban al río para juntarse en medio de sus aguas, pasaban las noches nadando en la misma dirección y al amanecer se abrazaban y volvían a separarse, tras lo cual cada uno buscaba sus ropajes, dejados en ambas orillas del río, y regresaba a su vida. Y noche tras noche, pasaron varios años.

Una noche, la joven no apareció, ni tampoco la siguiente. El joven, desesperado, nadó solo en el río, sin entender qué podía haber pasado para que la muchacha no apareciera a sus citas, allí al anochecer junto al río. El tiempo transcurrió y la joven siguió sin acudir. El joven dejó de ir al río y de nadar en sus aguas. Aquellas citas desaparecieron, pero no por ello los sueños de volver a encontrarse juntos, nadando en el río.

Al cabo de los años, la joven pudo regresar una noche al río, pero allí ya no había ni rastro del joven. Ella sabía que se había cansado de esperarla y que posiblemente ahora nadara en otro río, pero nunca perdió la esperanza y siempre que podía volvía al anochecer al río.

Una noche, ante su sorpresa, encontró a un hombre en la otra orilla del río. La luna brillaba en todo su esplendor y pudo ver su rostro y su mirada: era él, que había vuelto junto al río. La joven ya no era joven, la alegría inicial del reencuentro se tornó miedo, ella ya no era joven y su cuerpo ya no era bello, así que decidió no quitarse sus ropajes, ni lanzarse al río. Él, mientras tanto, la observaba y pudo ver en su rostro el miedo, de modo que, temiendo no volver a verla más, tampoco se lanzó al río. Estaban uno frente al otro, inmóviles, muertos de miedo y de frío, mientras las aguas del río pasaban, sin ningún sentido.


Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios
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Las flores sin nombre

Cuentan los sabios que existió una laguna, donde las aguas estancadas no dejaban fluir la vida de los que allí habitaban, sin embargo cada primavera emergía de sus profundidades una planta cuya flor era la más hermosa que jamás se hubiera visto en la tierra, mucho más hermosa que la flor de loto que también emergía de las profundidades de los estanques.

Los que conocían de su existencia acudían para ver aquella hermosura, pero la planta solo florecía durante siete días con sus siete noches, luego sus hojas se marchitaban y la planta volvía a enredarse hasta que pasados otros siete días, su verde tallo se tornaba marrón, mostrando la poca vida que había en él, hasta que volvía de nuevo a sumergirse en las aguas de aquella laguna.

A aquel lugar llegó un experto en botánica, había oído hablar de aquella planta y de las flores que en ella florecían. Quería ver, examinar y estudiar, cogiendo unas muestras, pero no era una tarea fácil, pues las plantas se encontraban en mitad de aquella laguna y solo durante siete días, podría verlas, porque luego desaparecían escondiéndose de nuevo en las profundidades. Pero el estudioso era paciente y también sabía que estas plantas eran caprichosas y solo salían durante siete días, pero nadie le había podido dar una fecha concreta, solo sabía que florecían en primavera. Así que junto a la laguna, plantó su tienda de campaña y esperó.

Los días pasaron y la planta no emergía a la superficie, pero no le importaba, pues mientras, él estudiaba las plantas que había alrededor, y aunque a la mayoría ya las conocía, sobre otras había oído hablar, pero no había tenido ocasión de verlas y disfrutar de sus tonalidades, de sus texturas, etc. Así que mientras esperaba y esperaba, se iba haciendo cada vez más experto en la botánica de aquella zona, en la que se encontraba la laguna.

El sol cada día apretaba más, señal de que el verano se aproximaba. Y la planta no emergía.

Quedando justo una semana para que finalizara la primavera, aquella noche de luna llena, el experto miró a la laguna, y le preguntó: « ¿Dónde escondes lo que ando esperando? ¿Dónde están las plantas cuyas flores dicen que son las más hermosas?»

La laguna, evidentemente, no le respondió. Pero una suave brisa sopló aquella noche.

A la mañana siguiente, al despertar y salir de su tienda de campaña, justo ante él, en mitad de la laguna, pudo observar como unos pequeños tallos emergían en el centro de ella. El experto en botánica no se lo podía creer, se frotó los ojos por si aún el sueño le estuviera jugando una mala pasada, pero no, aquello que se mostraba ante sus ojos eran tallos, con pequeñas hojas que brotaban. Había alquilado una barca, así que sin perder ni un minuto, se marchó hacia el centro de la laguna, quería asegurarse que lo que veían sus ojos, era lo que tanto tiempo había estado esperando.

Su corazón latía cada vez con más fuerza, sí, era la planta. Al aproximarse, pudo comprobar que aquellos tallos y aquellas hojas no las había visto nunca, ni en libros, ni en ningún lugar antes visitado; tuvo miedo de dañarla, así que no se acercó mucho, ni la tocó. Simplemente, se mantuvo próximo observando, pasada la mañana, volvió a la orilla, con las prisas no había desayunado y el estómago le pedía comida. Se preparó víveres para poder aguantar el máximo tiempo en la barca observando aquellas plantas. Al volver, se dio cuenta que los tallos tenían más hojas e incluso los que primero habían salido, eran de mayor tamaño. Dibujó la planta en su cuadernillo, anotando en él todo lo que le podía servir. Por la noche, intentó no dormir, para seguir observando a la planta, pero su cuerpo tenía un límite y el sueño le venció.

Le despertaron los primeros rayos de sol que tocaron su piel. Esta vez, se levantó sobresaltado, tanto que incluso hizo tambalear la barca, cayéndose casi de ella.

La noche había sido fructífera, pues de la plantas habían brotado más tallos, más hojas e incluso en algunas, asomaban pequeños puntos blancos. «¿Se convertirían luego aquellos puntos blancos en flores?», se preguntó. Todo ello, fue anotado en su cuadernillo.

Siguió observando la planta durante siete días y lo que podía de las siete noches. Subido a la barca pudo ver las flores que de ella florecían, pudo deleitarse con su belleza, y todo ello fue anotado y dibujado en su cuadernillo. Pensó que aquella planta no tenía nombre, así que cuando finalizara su estudio decidiría qué nombre le pondría. Al finalizar los siete días, los tallos fueron perdiendo su vida, poco a poco se fueron poniendo marrones, enrollándose en sí mismos, hasta que una noche desaparecieron en la oscuridad y profundidad de la laguna.

Al despertar, el experto en botánica pudo comprobar cómo donde antes estaban aquellas plantas, ahora solo había agua estancada. Parecía que durante siete días, aquello hubiera sido un hermoso sueño para él, pero no, no había sido un sueño, y la prueba de ello estaba en su cuaderno, allí dibujadas, con las anotaciones que él había hecho. Recogió la pequeña ancla de su barca y volvió a la superficie.

¡Qué rápido! Habían pasado los siete días, pensó. Aunque notaba que su cuerpo y ¿por qué no?, su mente estaban agotados. «Recogeré la tienda y marcharé hoy mismo -se dijo- Voy a dormir, un día entero».

Al bajar de la barca, se le cayó algo al agua, pero no lo tuvo en cuenta hasta que al llegar a casa, buscó su cuadernillo. Lo buscó entre su ropa, vació sus mochilas e incluso volvió a desplegar la tienda de campaña; buscó en el coche, pero allí tampoco estaba. Volvió a memorizar paso por paso, lo que había hecho desde el momento de bajar de la barca, recordó que había mirado bien en ella, por si algo se le olvidaba, pero no, allí no la había dejado. Entonces recordó un ruido en el agua, recordó que escuchó como si algo se cayera en ella. Entonces, se metió la mano en el bolsillo de su pantalón, el bolsillo de su parte trasera, sí, allí lo había puesto, pero allí ya no estaba.

Su cuadernillo, junto con la planta, se había quedado en la profundidades de la laguna, sabía que era inútil seguir buscándolo, sabía que era inútil volver para encontrarlo, pues la laguna, no quería que se desvelara su secreto, la laguna no quería que el mundo conociera las flores que en su centro emergían cada primavera, la laguna no quería perder su tranquilidad. Por eso mismo, él no volvió a buscar, ni volvió nunca más para anotar aquello. Dejó que solo su mente y sus recuerdos disfrutaran de recordar que en una laguna cada primavera emergía de sus aguas unas plantas cuyas flores eran las más hermosas que un experto en botánica había visto sobre la faz de la tierra. Unas flores cuyo nombre era ese, precisamente, las flores sin nombre.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

No dejes que nada, ni nadie altere tu paz interior.

Bajo ninguna circunstancia, bajo ninguna excusa tu luz y tu belleza puede ser alterada por nada ni por nadie, pues solo tú eres quien decide cómo y cuándo mostrarla.

Ilumina la oscuridad con tu luz interior.

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El sabio

Cuentan los sabios que en los primeros tiempos existió un mago, brujo o hechicero, las gentes le llamaban de muchas maneras, pero lo que en realidad era y todos lo sabían en su interior, es un sabio.

Aquel sabio vivía al lado de las montañas, dentro de un bosque, cerca del río. No necesitaba más, simple y únicamente el contacto con la naturaleza, de ella obtenía todo lo necesario para alimentar su alma, su espíritu y su cuerpo.

Las gentes de las aldeas cercanas iban a visitarle cuando necesitaban de sus sabios consejos o de sus remedios, sabían que tenían que llevarle algo realizado por ellos, por sus propias manos, bien algún bizcocho o pan casero; algunos le llevaban dibujos, otros sillas o utensilios que habían hecho para él. No hacía falta preguntarle, pues ellos sabían antes de ir qué era lo que tenían que llevar y no fallaban, al poco tiempo, necesitaban ir a ver al sabio y sabían que aquello que habían hecho sin realmente pensarlo o necesitarlo, era lo que tenían que llevarle a él.

Los vecinos veían aquello como parte de la magia que el sabio utilizaba, pero no lo era.

Un día un vecino quiso hacer una especie de prueba, aunque en su interior era una especie de reto o desafío, y le llevó un conejo que acababa de matar en el bosque.

El sabio lo recibió sentado en la puerta de su cabaña, parecía que lo estaba esperando. El sabio siempre recibía a las personas con una enorme sonrisa de bienvenida, pero esta vez en su rostro, el vecino solo pudo ver un gesto sereno pero serio.

El sabio estaba moldeando algo con la madera, pero el vecino no adivinaba qué podía ser. Conforme se iba acercando el sabio movía más rápidos sus manos, parecía que tenía prisa por acabar aquello.

El vecino levantó la mano, a modo de trofeo, le enseñó el conejo que había cazado.

El sabio suspiró.

El vecino pudo ver en el rostro del sabio, toda la tristeza y la pena del mundo reflejada en sus ojos.

El hombre se arrodilló, soltó la presa y la colocó frente a él y lloró como un niño. Lloró y lloró hasta que no quedaron más lágrimas en su interior. Después, pidió perdón al conejo y por último, lo besó.

Agachó la cabeza, bajó el trofeo.

No sabía lo que había venido a buscar, pero ahora sabía lo que había encontrado.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

El sabio contempló la escena en silencio. Se levantó, se acercó al hombre y le tendió aquello que había estado haciendo con la madera, el hombre pudo comprobar que era un conejo tallado en aquella madera.

Entonces, lo entendió todo. No hacía falta hacer daño a nadie para encontrar respuestas. Pues estas empiezan a ser encontradas cuando la humildad llama a la puerta de nuestra alma.

El sabio lo sabía y ahora también el hombre.

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Entre las montañas

Cuentan los sabios que existía un pueblo perdido entre las montañas. Sus habitantes vivían alejados del mundanal ruido de las ciudades. A cada habitante le gustaba su vida, la sentían plena, llena de valores, amor y respeto, mucho respeto hacia sus semejantes.

Pero todos y cada uno de ellos sentían que algo les faltaba en su corazón. No sabían cómo explicarlo, ni tan siquiera lo habían comentado unos con otros, pero ese algo era un pedacito de vacío que vivía anidado en sus corazones. Algunos lo hubieran llamado una espinita en el corazón.

Y ese algo era que ansiaban ver el mar.

Nunca ninguno de ellos lo había visto, pero todos sabían de su existencia.

Un día llegó al pueblo un visitante que trabajaba las pieles y los cueros; tenía unas manos ágiles para su oficio y se instaló en la casa del herrero, pues ambos habían conectado perfectamente, quizás por la habilidad que mostraban en el desempeño de sus oficios.

El visitante se sentía como en su verdadera casa, aunque esto era difícil, ya que debido a su trabajo viajaba mucho y pasaba poco tiempo en el hogar. Pero había algo en aquella casa, en aquel pueblo, en aquellas gentes que hacía que se sintiera como en casa.

Una noche, ambos, el herrero y el visitante, se sentaron en el patio y allí en silencio contemplaron las estrellas. Era una noche fría, pero eso poco importaba ante aquel maravilloso espectáculo de estrellas que iluminaban el infinito y oscuro firmamento. Cada uno en su silencio se dejaba llevar por tan magno espectáculo. Un suspiro salido del alma del herrero hizo que los pensamientos del visitante volvieran a la Tierra.

―¿Qué pasa, amigo? ¿De dónde viene ese suspiro? ―dijo el visitante.

El herrero volvió a suspirar, sabía muy bien de dónde venía ese suspiro y era de ese pequeño vacío anidado en su corazón. Pero nunca antes lo había contado; quizás había llegado el momento de hacerlo. Con un hilillo de voz, casi a modo de susurro, empezó a decir:

―Querido amigo, a estas alturas de mi vida puedo decir que esta es plena y satisfactoria, vivo feliz en mi pueblo, tranquilo, sin preocupaciones, alejado del mundanal ruido de las ciudades, mis vecinos son amables y respetuosos, desde pequeños nos inculcan unos valores que vamos transmitiendo de generación en generación y que seguro que se han perdido en muchos lugares de la Tierra. Esos valores son, para nosotros, nuestra religión. Creo que puedo decir que a nuestra manera somos un pueblo tranquilo, pleno y hasta feliz, y por todo ello me siento muy afortunado. Pero hay algo que nos falta y ese pequeño vacío está anidado en nuestros corazones, en el mío y creo adivinar que también en el de los demás vecinos.

El visitante escuchaba expectante las palabras del herrero. ¿Qué era lo que les faltaba a aquellas gentes que a sus ojos lo tenían todo? El herrero prosiguió:

―Nunca he visto el mar, ¡ansío tanto verlo!, olerlo, oír el sonido de sus olas, ver el mar calmado y también rugiendo en los días en los que parece que se quisiera comer la tierra. Me gustaría sentir cómo su agua moja mis pies y poco a poco el resto de mi cuerpo, probar su sabor salado.

Las palabras del herrero hicieron descubrir sensaciones nuevas en el visitante. Él, que había visto cientos de veces el mar, nunca lo había hecho con los ojos de aquel que no lo había visto nunca. Le parecía extraordinario cómo aquel hombre hablaba de algo que no había visto nunca y que ansiaba ver algún día. Aquellas palabras le habían dejado sin las suyas. Cualquier palabra que le hubiera dirigido habría enturbiado aquel bello relato, aquel mágico momento. El visitante estuvo pensando toda la noche en cómo podría ayudar a aquel ser tan amable que sin conocerlo le había abierto las puertas de su casa y también su corazón.

Aquella mañana salió temprano, pues le esperaba un día largo. No se despidió del herrero, no hacía falta hacerlo, pues si todo salía como tenía previsto pronto volverían a verse.

El herrero quedó extrañado con la repentina marcha del visitante, que no se había despedido, pero no se lo tuvo en cuenta.

El día transcurría tranquilo dentro de la normalidad de cualquier día, pero al atardecer un bullicio empezó a oírse en la plaza del pueblo. El herrero dejó su trabajo y marchó a curiosear. ¡No se lo podía creer!, allí llenando la plaza había tres enormes autobuses y al frente de uno de ellos estaba su amigo el visitante, que le saludaba desde la ventanilla. Al verlo, el herrero corrió hacia él.

―¿Pero qué es esto? ¿Qué pretendes?

―¿No decías que te gustaría ver el mar? Pues adelante. A un amigo, que tiene autobuses y al que hace tiempo hice un favor, le conté que los necesitaba para cumplir el sueño de un amigo y no ha dudado en ponerlos a mi servicio, bueno, al tuyo, ya que nos vamos todos a ver el mar.

Al oír aquellas palabras todo el pueblo estalló en un júbilo, por fin se quitarían esa espinita en el corazón que todos llevaban y que nunca habían pronunciado.

El pueblo entero subió a los autobuses; solo se quedaron los gatos, ya que es sabido que a estos no les gusta mucho el agua y por lo tanto llevarlos no era una buena idea. Sin embargo, no pasó lo mismo con los perros, que junto a sus amos también quisieron disfrutar del mar.

La noche les acompañó en su viaje. El mar se había convertido en una dama que se hacía esperar, pero aquella espera valía la pena.

Despuntaban los primeros rayos de sol por el horizonte, permitiendo ver toda la inmensidad del mar abierto que se extendía ante sus ojos.

Los padres despertaron a sus hijos, que no habían podido aguantar y se habían dejado llevar por el cansancio que en ellos había provocado tanta excitación, tanta emoción. Los niños abrieron sus ojos e incluso alguno se los frotó por si lo que estaba viendo era todavía un sueño.

¡Qué maravilla se mostraba ante los ojos de todos aquellos que nunca antes lo habían visto! ¡Era el mar! Aquel que tanto habían ansiado ver, oler, disfrutar. Ahora estaba ante sus ojos y podían tocarlo.

Gritos de alegría sonaron por todos los autobuses y uno a uno bajaron y corrieron a mojarse en aquel mar que suavemente con sus olas les daba la bienvenida. A nadie pareció importarle el frío de la mañana. Todos reían, chapoteaban y se mojaban unos a otros.

Pasaron el día junto al mar, bañándose, oliendo, oyendo, saboreando, en fin, dejándose empapar por medio de todos los sentidos por aquello que tanto habían ansiado. Y llenando con ello ese huequito que tenían anidado en su corazón.

Esperaron a que el sol se ocultara tras el horizonte y ocultara también el mar.

Luego uno a uno se despidieron de él y subieron al autobús, regresando muy felices a su pueblo. Aquella noche todos y cada uno de los habitantes durmieron con la sensación del salitre en su piel.

El herrero se despidió del visitante agradeciéndole su gesto, aquel regalo. Regalo que había sido mutuo, ya que al abrir el herrero su alma y contar todo aquello tan bello, el visitante pudo ver con otros ojos al mar, y no hay mayor felicidad que hacer felices a los demás.

Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios