Publicado en Cuentos, Cuentos para sabios

El camino del amor

Cuentan los sabios que existió un caminante que vagaba solo por los caminos. Había recorrido muchos pueblos, muchas ciudades, muchos montes y campos y en todos los lugares siempre había sido tentado.

En las ciudades le tentaba a quedarse y dejar de caminar, cuando disfrutaba de las comodidades que encontraba en ellas.

En los pueblos le tentaba el unirse aquellas gentes que resultaban tan cercanas.

En los montes le tentaba el aire puro que se respiraba en ellos y ver el mundo desde una posición elevada.

En los campos le tentaba el arraigo a la Tierra y sus frutos.

Pero aun así el caminante seguía caminando solo, caminando por el mero placer de caminar, porque era feliz haciéndolo. Esto le permitía conocer lugares, gentes, distintos animales, plantas, árboles e incluso terrenos. Había conocido desiertos, tierras áridas, donde la supervivencia es inhóspita; pero también había conocido tierras fértiles donde vivir era estar en el paraíso. En todos aquellos lugares y en todas aquellas situaciones había aprendido algo, ninguno había pasado sin que dejaran huella en él.

Un día, tropezó con una piedra en el camino, y se torció el tobillo. El caminante tuvo que parar, hacer un alto. Tenía dos opciones: caminar ayudado por unas muletas o parar hasta que el tobillo se recuperase. Entonces se sentó a los pies de un árbol y pensó cómo seguir. Si decidía seguir con muletas, sería la primera vez que continuara su camino ayudado por algo y eso era justo lo que siempre había rechazado, aunque esta vez fuera por causa de fuerza mayor. Sin embargo, si decidía parar y dejar que el tobillo se restableciera, también sería la primera vez que lo haría pues nunca, nunca desde que dejara la niñez, había conocido otra forma de vida que no fuera otra que vagar por los caminos.

Se dio cuenta que incluso esto que estaba haciendo, es decir, parar y pensar qué haría, también era algo nuevo, pues nunca había necesitado hacerlo, siempre había sabido qué iba a hacer y no había necesitado pensarlo. Tenía que decidir y decidir algo también era nuevo para él, pues hasta entonces todo estaba decidido, el camino estaba trazado y nunca se había desviado de él.

¿Qué decidió? Seguir caminando, aunque esta vez fuera con ayuda de unas muletas. ¿Por qué? Porque era lo que le gustaba, era lo que verdaderamente le hacía feliz, no entendía otra forma de vida. Sabía que si paraba para recuperarse la comodidad de la ciudad o el cariño de las gentes del pueblo le habrían tentado demasiado y a la hora de volver al camino, le hubiera sido muy difícil o incluso no lo hubiera continuado y con el tiempo se hubiera arrepentido pues no era eso lo que quería su Ser, no era eso lo que quería su corazón. Y sí, aunque durante un tiempo necesitara las muletas, era mejor caminar con ellas, que dejar de hacerlo. Además solo sería por un tiempo.

En el camino del Amor se está solo.

Cada uno decide cómo y a quién quiere amar, y durante ese camino es fácil ser tentado por situaciones que pueden hacer que se desvíe del camino si esto pasa, el camino del Amor deja de serlo para ser otro camino.

Habrá veces, donde el Amor tropiece y lastime, pero es necesario saber que a pesar de esto hay que seguir caminando por él, aunque durante algún tiempo se necesite curar las heridas o contar con apoyo, pero lo importante es seguir caminando, seguir haciéndolo y seguir amando.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios
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En el costurero

Cuentan los sabios que había un costurero lleno de hilos, botones, cintas de colores, cinta métrica, dedal, tijeras y agujas. En fin, todo aquello que se guarda en un costurero.

Al abrirlo se podía observar que la persona encargada de su arreglo, era una persona cuidadosa y ordenada, pues bastaba echar un simple vistazo, para encontrar aquello que se buscaba. Los hilos ordenados según su color, enrollados con mino y enganchadas sus puntas para que no quedaran sueltas y se pudieran liar unas con otras. Las agujas de coser, colocadas en una cajita de plástico también según su tamaño; las “de cabeza” todas juntas en otra pequeña caja. El dedal sujeto a una goma y esta cosida en un lateral de la tela que cubría las paredes y el fondo del costurero. Todo perfectamente colocado, hasta que fuera de nuevo requerido para su uso.

Sin embargo, los botones estaban todos juntos dentro de una bolsa de tela, no estaban guardados ni por color, ni por tamaño, ni por material. Por ello, cuando se requería de alguno, todos salían de la bolsa y eran extendidos, hasta que unos finos dedos elegían al adecuado. Todos querían ser elegidos, a veces se escogían cuatro, los más parecidos; otras simplemente dos, pero la mayoría de las veces, solo uno. Después, eran de nuevo amontonados y metidos dentro de la bolsa de tela, esperando a la próxima ocasión.

Un día, salieron todos de nuevo y como las veces anteriores, fueron esparcidos por la mesa, luego los finos dedos iban colocándolos primero por tamaño, luego por colores. Uno a uno notaban la calidez de esos dedos finos en su cuerpo, por un breve instante, ese calor los devolvía a la vida, volvía a despertar su esperanza, su sueño de formar parte de una camisa, de un vestido o de un chaleco; luego pasados esos instantes volvían a sentir el frio de nuevo y quedaban quietos, inmóviles esperando de nuevo el calor de los dedos.

Pero aquel día fue diferente, aquellos dedos los tocaban una y otra vez, para colocarlos junto a otro de tamaño parecido o cambiarlos de nuevo y ponerlos junto a los de su mismo color. Una vez sentido el tacto de aquellos dedos unas cuantas veces, los botones notaron que estaban siendo colocados uno a uno en una caja rectangular, más grande que el costurero, pero más plana y estrecha. Allí solo estaban ellos, de todos los tamaños, de todos los colores, pero solo botones. Una vez colocados todos, una vez tocados todos por aquellos finos dedos, la caja se cerró, pero esta vez no fueron a parar a la oscuridad de la bolsa de tela, seguían viendo la luz que se traspasaba a través de aquella caja de plástico, porque aunque estaba cerrada, permitía a aquellos botones ver y ser vistos, y mientras esperaban una nueva apertura de la caja, mantenían en sus cuerpos el calor de esos finos dedos y la seguridad de que poco a poco, uno a uno sería elegido para formar parte de una camisa, un vestido o un simple chaleco.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios
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En su muñeca

Cuentan los sabios que existió un poblado perdido entre las montañas donde un día una mujer, mientras recogía frutas para comer, vio una flor muy bonita y se la quiso llevar con ella. Cargada como iba de fruta, no podía ponerla en el cesto, pues temía que se aplastara y se estropeara, así que cogió la cinta que ceñía su pelo y con mucho cuidado y mimo sujetó la flor con ella y se la ató a la muñeca, convirtiéndola en una bonita y original pulsera.

Al llegar al poblado, su amado se percató de la flor que tan graciosamente se había atado en su muñeca y le dijo que estaba muy bonita con ella puesta.

Al día siguiente la muchacha volvió a recoger frutas y, tras ver un pequeño ramillete de florecillas, no pudo resistir la tentación, así que de nuevo se quitó la cinta que sujetaba su pelo y volvió con mimo a atarla en su muñeca, sosteniendo con ella aquel ramillete de florecillas. Sucedió lo mismo que el día anterior: al llegar al poblado, su amado reparó otra vez en su muñeca y en el original ramillete de florecillas que llevaba sujeto con la cinta del pelo, y volvió a decirle lo bella que estaba con él puesto.

A la mañana siguiente, junto a su puerta, había un conjunto de flores unidas cuidadosamente en forma de pulsera. La joven sabía que quien las había dejado allí no podía ser otro que su amado. Le gustó el detalle y salió a recoger frutas con ella puesta. Al volver vio a su amado, y este, haciendo un gesto de aprobación, le sonrió por llevar puesta la pulsera que él le había dejado.

Y así pasaron los días: cada amanecer, con la llegada del nuevo día, junto a su puerta nunca faltaba la pulsera de flores que su amado, como prueba de su amor, le había confeccionado.

Con el tiempo, dejó de gustarle el regalo, y las flores ya no le parecían tan hermosas, ni la pulsera tan buen regalo. ¿Qué había ocurrido para que esto sucediera? Simplemente, se dio cuenta de que ya no era ella quien elegía las flores, ni quien decidía soltar la cinta de su pelo para anudar la flor que ella elegía y seguidamente atarla con mimo y cuidado en su muñeca; ya no era ella quien elegía, decidía y hacía aquella pulsera, sino su amado, y este, creyendo que le regalaba algo que ella deseaba, no se dio cuenta de que para ella el mejor regalo era que él la mirara, la observara y le dijera lo bonita que estaba con aquella pulsera que ella había confeccionado y colocado en su muñeca.

Pero calló y no dijo nada, pues temía que él se molestara, se enfadara y dejara de amarla. Así que aquellas pulseras de flores se convirtieron en cadenas que la unían a la insatisfacción, a la sumisión, a la falta de libertad, siendo cada vez más pesadas de llevar, aunque las flores que las compusieran fueran frágiles y ligeras.

Un día, mientras recogía frutas, la pulsera se enganchó en una rama y se soltó de su muñeca. Al apercibirse, notó de nuevo la libertad en su muñeca, una sensación de libertad mayor que la del apego, de modo que ni tan siquiera buscó la pulsera; pensó en las flores, y decidió que estas se quedarían en el bosque, que era dónde debían estar.

Así que cuando regresó al poblado se dirigió a su amado y le agradeció todas las flores que le había regalado, le agradeció el tiempo invertido en confeccionarle aquellas hermosas pulseras y le dijo que ya no necesitaba ni una sola más, pues se había dado cuenta de que, sin ellas, seguía siendo igual de bella.

Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios
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El puente

Cuentan los sabios que existió un río largo y caudaloso, tenía un cauce ancho y difícil de cruzar. Los hombres necesitaban para atravesar sus aguas un puente que muchos años atrás habían construido con maderas y cuerdas hombres valerosos; todo aquel que lo veía no dudaba en que hacía falta mucho valor para construir aquel paso y estaban seguros que sus vidas habían sido puestas en peligro para crear aquella obra de tal envergadura. 

Tal era el peligro que aquello conllevaba, que nadie más se había atrevido a construir un verdadero puente de piedra y cemento. Como mucho, solo se atrevían a reparar las maderas que se rompían debido al uso o desgaste y a reforzar la cuerda que las sujetaba y que se agrietaba con el paso del tiempo.

Esta labor, la de reparar el puente, era encargada a un hombre fuerte y robusto vecino de uno de los pueblos que bordeaba el río. Este se encargaba de revisar todos los días el puente, había incluso instalado una pequeña choza junto al él, donde pasaba largas horas esperando a que alguien de los que cruzaba fuera bastante cargado y él se ofrecía a ayudarle a cruzar; a veces, también alguna de las mujeres que por él cruzaba cargaba no solo con la mercancía, sino con algún pequeño a sus espaldas y él no dudaba en ayudarlas echándose a sus espaldas la mercancía y dejando que la mujer se preocupara solo de cargar con su hijo.

Debido al afán con el que desempeñaba su labor, era muy conocido y querido por todos los habitantes de la comarca. Algunos en agradecimiento, le traían verduras de sus huertos e incluso algún animal de sus granjas; las mujeres sobretodo le preparaban algún guiso y antes de que él les ayudara a cruzar se lo dejaban en la puerta de su choza. Al volver, recogían la cazuela de barro, vacía y limpia, lista para un nuevo guiso.

El hombre agradecía cada uno de aquellos presentes con muestras de humildad e incluso a veces se sonrojaba por ello, pues no llegaba a entender el porqué de aquellos presentes si él solo se encargaba de mantener seguro el puente.

Un día llegaron unos hombres provistos de planos e utensilios algunos servían para medir, estuvieron toda la mañana cruzando el puente, tomando notas, pero ninguno le preguntó nada, así que él tampoco quiso inmiscuirse, simplemente miraba atentamente por si en algún momento necesitaban su ayuda. Después marcharon y cuando volvieron lo hicieron con carros cargados de piedras y sacos que fueron descargando al lado de su choza. El ajetreo de todo ello, le inquietaba, ninguno se dirigía a él para contarle nada, todos parecían obedecer a un hombre cargado con papeles, carpetas y planos. Sabía que eran planos porque uno de ellos había caído a sus pies cuando estaba sentado en la escalera de su choza.

Volvieron a medir, a discutir, parecía que no estaban de acuerdo entre ellos. Pero a él nadie le decía nada. Así que él tampoco se inmiscuía en el asunto.

Cuando ya parecía que habían descargado todo el material, empezaron a romper los sacos que llevaban de arena y cemento, con grandes amasadoras juntaron la mezcla con agua, luego con maderas y cañas fueron levantando una especie de andamios, todo ello a la orilla del río, junto a su choza.

El hombre miraba el trabajo que iban realizando y lo único que se atrevía a hacer era negar con la cabeza. Aquel gesto no pasó desapercibido para el hombre que llevaba los planos. Pero no quiso preguntar y el hombre marchó hacia el interior de su choza, porque no quería inmiscuirse.

Pasaron los días y la obra de lo que parecía un puente, no avanzaba demasiado, pues cuando parecía que tenían un tramo afianzado, este no aguantaba mucho el peso del siguiente y se venía abajo con la consiguiente desesperación de todo aquel que trabajaba en aquella construcción, incluida la del hombre de los planos. El hombre miraba todo ello y lo único que se atrevía a hacer era negar con la cabeza, mientras se mantenía sentado en la escalera de la entrada de su choza.

Dejó pasar tres días más y viendo que aquello no avanzaba, el hombre se acercó al hombre de los planos y mostrándole lo que llevaba en la mano, el hombre de los planos sonrió.

Aquel hombre robusto había construido con la ayuda de palos, cuerda y cañas todo un armazón en miniatura perfectamente enlazado para construir el puente, las medidas eran exactas a pequeña escala, no había necesitado medidores solo los años de experiencia y la medida de sus manos y piernas; no había necesitado planos, conocía el cauce y el caudal de aquel río como la palma de su mano.

El hombre de los planos meneó la cabeza, pensando en el tiempo y trabajo que se podía haber evitado si le hubieran preguntado a aquel hombre, pero él qué se iba a imaginar que aquel hombre fuerte y robusto, parco en palabras, aparentemente inútil le iba a ayudar, tanto y tan bien. Pues gracias a él, el hombre de los planos dejó sus planos y dirigió a los hombres basándose en lo que el hombre robusto había construido con sus hábiles manos.

El puente de piedra fue construido y aunque era más fácil de cruzar, aquel hombre continuó aguardando en su choza por si alguien lo necesitaba. No quería separarse del río, ni de las gentes que cruzaban por él y aunque ya nadie utilizaba el de madera y cuerda, él continuaba manteniéndolo en óptimas condiciones, era su trabajo y así se sentía útil, a pesar de que en una de las piedras del nuevo puente había una inscripción que decía: Este puente no hubiera podido ser construido sin la sabiduría del hombre que está junto a él, sentado en la escalera de su choza. Al leer aquello las gentes le daban las gracias y todos le admiraban, aunque él seguía sin saber el porqué, quizás porque nunca nadie le dijo lo que en aquella piedra ponía, nadie supo nunca que él no sabía leer y él nunca preguntó.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

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El árbol, la nube y la montaña

Cuentan los sabios que en el origen existió un árbol, una nube y una montaña. El árbol vivía en la ladera de una montaña y algunos días la nube iba a visitarlos y les ofrecía la sombra que proyectaba.

En verano las visitas de la nube eran de agradecer, pues el sol calentaba sin piedad las hojas y el árbol notaba más el peso de sus ramas. Había días en que la nube se apiadaba de él y dejaba caer unas gotas para que el árbol se refrescara. El árbol, a su vez, movía tímidamente sus ramas y esa era su manera de agradecerle a la nube su agua.

La montaña, mientras tanto, permanecía casi impasible bajo el sol de justicia que caía sobre ella. Como era tan grande y majestuosa, la nube poco podía aliviarla, aunque algunos días conseguía atraer a otras nubes y juntas refrescaban un poco a la majestuosa montaña.

Conforme se iba retirando el sol, la montaña lograba darle sombra y con ello refrescar al árbol. También lo protegía los días en que el hermano viento venía a visitarles; esos días la nube se alejaba, ya que el viento con sus prisas arrasaba todo lo que encontraba a su paso.

Por su parte, el árbol ayudaba a que la majestuosa montaña siguiera siendo majestuosa, ya que por el mero hecho de estar allí junto a sus faldas protegía con sus raíces la erosión de su suelo. Y a su vez, sin la transpiración que esta realizaba, ayudaba a que la nube pudiera existir.

Todos eran simples, una simple nube, un simple árbol, una simple montaña. Pero sin esa nube, ese árbol y esa montaña, ¿qué habría sido del cielo, de la Tierra y de la Naturaleza? Todos se necesitaban y ayudaban, así como todos eran necesarios y sin el conjunto de unas simples nubes, unos simples árboles y unas simples montañas, ¿qué sería del mundo?

Todos eran Uno y Uno eran Todo.

Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios
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La ruleta

Cuentan los sabios que existió una ruleta en un casino donde a la gente le gustaba apostar intentando acertar cuál era el número en el que pararía la pequeña bolita, que saltaba y corría de un sitio a otro sin acabar de decidirse dónde reposar cuando aquella ruleta parara.

La fama de aquella ruleta se había extendido por todos los casinos, pues nunca nadie adivinaba donde pararía la bolita. Muchos pensaban que esa ruleta estaba amañada, pero no era así, porque siempre que el crupier intentaba darle al pequeño interruptor para que la ruleta parara en un sitio determinado, no lo hacía.

Al principio poca gente quería jugar en ella, pues sabían que perderían lo que apostaran, sin embargo los más osados, veían en ella un nuevo reto para desafiar, pues si acertaban no solo ganarían en la ruleta, sino que ganarían en esa ruleta.

Ante la creciente fama de aquella ruleta, el dueño del casino mandó llamar a varios notarios, que hicieron de testigos observando minuciosamente, aquella ruleta no tenía nada fuera de lo común, e incluso quitaron el interruptor y la dejaron siendo una simple ruleta, pero uno de ellos dijo: «Quiero examinar la bola», pues él consideraba que el secreto no estaba en la ruleta en sí, sino en la bola que rodaba, quizás tenía un cierto imán o algún artilugio minúsculo que hacía que ese extraño fenómeno se produjera.

El dueño del casino, no puso problemas a aquella pequeña bola fuera analizada detenidamente, e incluso se la llevaron a un laboratorio, analizando los materiales con los que estaba hecha, es más, la pasaron por un escáner por si en su interior había algo.

Pero no, todo en aquella pequeña pelota era normal, su material era el mismo que muchas tantas, su forma, su tamaño, nada, todo era igual, en su interior no había nada especial. Una vez analizado todo ello, el notario más escéptico dio fe de que aquella ruleta y su pequeña bola, eran exactamente igual que el resto. Es más, a última hora alguien pensó que igual no era la ruleta, sino el sitio donde se encontraba ubicada. Así que procedieron a cambiarla de sitio para despejar cualquier sospecha, cualquier duda.

El premio se iba acumulando, pues nadie acertaba el número. Aunque la mesa estuviera llena de apuestas, siempre por una razón u otra, quedaban dos huecos, y entre ellos, incluso los que no habían apostado nada, pensaban mentalmente cual de aquellos dos sería, evidentemente ante dos adivinar era más fácil, pero no habían apostado, así que los que acertaban se quedaban sin premio.

Pasó el tiempo y el casino cogió mucha fama debido a aquella singular ruleta, todos los que pasaban por allí, decidían entrar y probar suerte, pero marchan sin haber ganado a aquella ruleta.

Un día, pasó por allí un muchacho, en sus bolsillos apenas llevaba unas monedas que le quedaban para seguir su camino, escuchó la fama de aquella ruleta y decidió probar también suerte, aunque si perdía, perdería lo poco que le quedaba.

Pasó a la gran sala de juegos, y allí rodeada de gente estaba la ruleta, no había duda de que era aquella, pues en las demás apenas había jugadores.

El muchacho trató de hacerse hueco, hasta que poco a poco se fue acercando a la primera fila, primero observó a las personas que jugaban, en sus rostros se adivinaba la ansia por ganar, otros ya saboreaban las mieles del éxito y se frotaban las manos antes de apostar, pero al acabar todos cambiaban su semblante y ponían el mismo, el de la decepción. Luego, estuvo observando aquella ruleta, fue uno por uno mirando sus números, los huecos que había en ellos, observaba cómo la bolita iba saltando, moviéndose con tal ligereza que parecía danzar sobre la ruleta, era como si una música invisible estuviera marchando su ritmo, para cuando aquella música terminaba, en ese mismo momento también lo hacía ella, y paraba para descansar en un número. El muchacho siguió observando sin pestañear las vueltas de la ruleta y luego los movimientos de la bola, si conseguía adivinar qué música era… Se fue concentrando, y poco a poco aquella bola sintió que unos ojos se posaban en ella, por un momento pudo sentir que alguien de entre todas aquellas miradas, la estaba observando no para ver donde se paraba sino la miraba danzar sobre aquella ruleta. Después de un gran rato, el muchacho se dio cuenta que el baile de la bolita empezaba cuando el encargado decía: «No va más apuestas», entonces, la pequeña bola cambiaba su forma de rodar, era entonces cuando el baile empezaba, era como si antes de aquellas palabras aquella bolita estuviera como las bailarinas calentando su cuerpo, para una vez levantado el telón, ejercer el más bello baile ejecutado jamás y así, al igual que ellas, función tras función, empezaba una y otra vez la danza. Pero él no sabía cuál era la música que aquella bolita escuchaba, intentaba adivinarla, pero no conseguía hacerlo, más que nada porque el murmullo, las voces y el ruido de las máquinas tragaperras, hacía imposible que el silencio reinara en aquella sala. Aun así, el muchacho no se desanimó, no tenía prisa, nadie, ni nada lo esperaba. Mientras él seguía observando una y otra vez cómo la bolita danzaba sobre aquella rueda.

La bolita cada vez que paraba, observaba al muchacho, él era el único que durante tanto tiempo había sido capaz de observar cómo danzaba, y no solo una vez, sino muchas, por su cara, por sus ojos, sabía que estaba intentando escuchar su música, sabía que si era capaz de concentrarse, de aislarse del exterior, conseguiría oírla, y así fue. Al principio, unas pequeñas notas sonaron en su mente, pero no reconocía la melodía. Pensó que quizás no venían de su mente, sino del exterior, echó un vistazo a su alrededor y nada había cambiado los ruidos eran los mismos, así que volvió a concentrarse a buscar esa música en su interior, era curioso, pues poco a poco le fue más fácil acallar el ruido de las gentes, de las máquinas, para dejar paso al silencio, un silencio que llegaba de su interior. Seguía observando la ruleta y con ella el danzar de la bolita, cuando ya no había para él nada más que la danza de la pequeña bola, de repente empezó a ir marcando los números por los que la bolita pasaba, al principio solo los iba nombrando mentalmente, para poco a poco no necesitarlo, pues sin saber por qué sabía cuál era el siguiente, su voz interior iba más rápida que su mente. Sin saber tampoco cómo los números dejaron paso a notas, estas fueron agrupándose en melodías. El muchacho las oía cada vez de forma más clara, y viendo de forma más nítida cuál sería el siguiente número donde la bolita descansaría, pues no era por azar, sino porque la música había cesado.

De repente, de modo instintivo decidió sacar la ficha que había cambiado por sus pocas monedas, sabía que había llegado el momento. Antes de que el encargado dijera: «No va más», el muchacho colocó la ficha en el número diecisiete. De todas formas, pensó, si me equivoco y no es ese el número, será una forma de pagar por el gran espectáculo de danza que he visto hoy ejecutado por una pequeña bola.

Todos gritaron al ver que el muchacho había adivinado el número en el que la bolita se pararía. El muchacho simplemente sonrió. Cogió la pequeña bola y la besó.  Después todo el mundo se le acercaba con preguntas, pero él con la bolita en su mano, simplemente sonreía.

Cuando pasó a recoger su premio, pidió al dueño del casino que por favor, le permitiera quedarse con aquella bolita, a lo que el dueño, solo puso una condición: saber qué había hecho para acertar. El muchacho le dijo: «Simplemente escuchar la música de su interior.» El dueño pensó que debía estar loco y que había adivinado por azar. Así que dejó que el muchacho se llevara la bolita sin saber que con ella marchaba, también lo que él llamaba el azar.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios
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La barca

Cuentan los sabios que había una barca anclada en la orilla de un río. Aunque estaba en buenas condiciones para partir de un momento a otro, estaba sola, a la espera de que fuera útil a alguien para cruzar aquel río.

Día tras día, hasta la orilla de aquel río iban a pescar o a lavar la ropa hombres y mujeres, todos miraban la barca, pero nadie la cogía para cruzar el río. Por las mentes de todos siempre cruzaba la misma idea: Algún día…. Pero ese día, parecía no llegar nunca para ninguno de ellos.

Y allí, día tras día seguía la barca esperando que alguien la utilizara.

Una muchacha de negros cabellos y piel tostada por el sol, se acercó a la barca, nunca antes la había visto pues siempre que se acercaba al río, iba inmersa en sus pensamientos y no se paraba a observar lo que había o pasaba a su alrededor. Pero aquel día, no llevaba ropa que lavar y simplemente había salido a caminar junto a la orilla del río.

La muchacha observó que la barca se encontraba en perfectas condiciones, dentro y, esperando a ser utilizadas, dos palas para remar por el río. Pensó unos minutos. Todos lo que por allí se encontraban, la observaban: ¿Sería ella la que por fin cogiera la barca?

Pero no, la muchacha siguió caminando y dejó atrás la barca.

En cierta manera, todos respiraron aliviados, no sabían por qué pero todos esperaban poder utilizar algún día, aquella barca.

Al anochecer, las aguas del río pasaban silenciosas y una hermosa Luna Llena se reflejaba en ellas, el silencio de aquella noche se rompió cuando algo entró a formar parte del río, y ese algo no era otra cosa, que la barca. Los remos rompieron la hegemonía de las aguas y el reflejo de la Luna en ellas. Poco a poco, fue avanzando por el río, ni tan siquiera la Luna fue capaz de retenerla.

Al amanecer, los primeros en acercarse a la orilla del río se dieron cuenta de que algo había cambiado, algo faltaba, la barca ya no estaba, como tampoco la muchacha de negros cabellos, juntas habían emprendido un largo viaje, aquel que todos sentían que algún día emprenderían, pero que hasta entonces ninguno fue capaz de hacerlo.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

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Cuando uno y uno son tres

Cuentan los sabios que había una pareja que se quería mucho, una pareja en la que ambos, aunque solos, vivían felices.

Pero un día empezaron a pensar en compartir su amor, que ese amor diera su fruto.

Decidieron dejar de ser dos para ser tres.

Pero la mujer le dijo al hombre:

―La casa que tenemos es muy pequeña, habrá que construir una habitación más para el bebé.

Y así lo hicieron.

Se pusieron manos a la obra, y cuando la tuvieron acabada, el hombre, pensativo, le dijo a la mujer:

―¿Por qué no hacemos en el patio una zona de recreo, con jardín, columpios, para que pueda jugar nuestro hijo?

Y así lo hicieron.

Cuando acabaron, le dijo la mujer al hombre:

―¿Por qué no vallamos toda la casa, pues es peligroso, ya que el niño se podría escapar?

Y así lo hicieron. Cuando terminaron, el hombre le dijo a la mujer:

―Con el coche viejo y destartalado que tenemos no me fío, no vaya a ser que te entren los dolores del parto y no podamos llegar al hospital; nos compraremos uno nuevo. Tuvieron que esperar, pues era preciso ahorrar el dinero suficiente para comprarse un nuevo coche.

Sin darse cuenta, mientras hacían todos estos preparativos para la llegada de su primer hijo, los años fueron pasando, y ya no eran tan jóvenes.

Entonces se dieron cuenta de que algo en ellos había cambiado: aunque se seguían queriendo, ya no sentían la misma alegría, ya no tenían ganas ni fuerza para empezar a criar a un bebé.

Así que decidieron dejarlo.

Con el correr de los años, una joven pareja se instaló en la casa de al lado. Tenían un bebé.

Sí, era una casa pequeña donde solo había una habitación, donde no había jardín y que tampoco estaba vallada, y ellos tenían un viejo coche destartalado.

Con el tiempo, la antigua pareja comprendería que todo lo que habían hecho no había servido para nada, y que les habría bastado con darse cuenta de que solo necesitaban, nada más y nada menos, que Amor, Seguridad, Responsabilidad y ganas de compartir sus vidas con un nuevo ser.

Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios
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El gran salón

Cuentan los sabios que existió un salón donde las personas iban a pasar largos ratos de divertimento. Aquel salón formaba parte de un gran edificio que rodeaba toda una manzana, pues aunque en un principio había sido construido para albergar a una sola familia muy acaudalada, luego había pasado a servir para todo aquel que buscaba hospedaje en la ciudad, convirtiéndose en un gran hotel, en cuya planta baja se encontraba aquel salón con grandes ventanales, adornados con vidrieras y vestidos con cortinas de terciopelo azul y estrellas bordadas en plata, que al anochecer dejaban correr y, junto a el techo también pintado en azul y estrellas, formaban un maravilloso firmamento. ¡Era tan distinto a verlo por el día!, cuando la luz del sol reflejaba en las vidrieras de las ventanas y en los cristales de las lámparas de araña, la estancia se convertía en un paraíso de color, con muchos matices.

Aunque todo en aquella sala, parecía estar con la simple función de adornarla, no era tal su único cometido, pues todo estaba allí puesto con detalle, mimo y cuidado para convertir el salón en un pequeño paraíso del color. Las lámparas sin la más minina mota de polvo que pudiera desviar el rayo de sol que la atravesara y colocadas a la altura necesaria para que estos se vieran reflejados en cada una de las paredes del salón. No había cuadros, no  eran necesarios, pues tanto los cristales de las vidrieras como los de las lámparas se encargaban de dar el colorido a la estancia. Mesas de caoba, redondas y cuadradas, de diferentes tamaños, rodeadas de sillones forrados con el mismo terciopelo azul y con estrellas de las cortinas. En la parte opuesta a los ventanales, una gran barra atendía a los clientes que deseaban pasar un rato en aquella habitación, detrás de ella en las estanterías, botellas cuyos cristales, formas y líquidos también estaban colocados con mimo y cuidado, formando un bello escaparate de color.

Cuando más bello era estar en aquel salón, era al atardecer pues los rayos del sol entraban con menos fuerza y su luz al atravesar los cristales formaba tonalidades más tenues, creando un ambiente mucho más cálido. Era entonces, cuando se llenaba de escritores en busca de que aquella variedad de color y aquel ambiente, esperando que todo ello les trajera tan ansiada inspiración para crear sus relatos; o pintores que con caballetes en mano y demás utensilios, intentaban captar en sus lienzos todo aquel espectáculo de color. Pero ninguno de ellos pudo nunca plasmar a su forma, lo que en aquel salón se veía, se sentía o se respiraba, pues todos y cada uno de ellos formaban parte también de aquel escenario.

Por las noches cuando se corrían las cortinas y las luces de las lámparas tomaban el protagonismo, las estrellas pintadas en el techo, brillaban como si en el cielo estuvieran, y junto con la música de un piano o de una orquesta, las personas bailan, reían y disfrutaban. Hasta que las puertas del gran salón cerraban para ser de nuevo abiertas con el nuevo día. Y así año tras año, hasta que llegó el día que una gran tormenta destrozó las vidrieras y aunque fueron repuestas como gran premura, no volvieron a ser las mismas, ni los colores, ni las posiciones, eran los mismos. Aprovechando que las vidrieras habían sido cambiadas, también cambiaron las cortinas, pusieron cuadros en las paredes, las mesas de caoba y los sillones fueron reemplazados por mobiliario más acorde con la época y aunque el salón nunca volvió a ser el mismo de antaño, los rayos de sol continuaron atravesando sus vidrieras y a pesar de que era otro ambiente, siempre, siempre fue un gran salón donde las gentes iban a disfrutar pintando, escribiendo, bailando, riendo o charlando y pasando buenos momentos, porque no solo los rayos del sol, día tras día, dejaban en él sus huellas.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios
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La caja de pinceles

Cuentan los sabios que había una caja llena de pinceles. Esta caja estaba guardada en un desván y el desván estaba cerrado con siete cerraduras.

Un día, una niña jugando llegó hasta la puerta del desván y se sorprendió al ver en ella siete cerraduras. ¿Qué podía guardar aquel desván para que fuera protegido por siete cerraduras?, pensó la niña.

Aquella misma tarde le preguntó a su abuela, pero esta no hizo mucho caso a su pregunta; luego buscó a su abuelo, pero este tampoco parecía molestarse por responder. La niña, ante la desidia de los abuelos, decidió investigar por su cuenta, pero para hacerlo antes tenía que encontrar las siete llaves que abrirían la puerta del desván.

Antes de que el sueño le venciera, empezó a imaginar todo lo que podría haber en aquel desván, quizás estaba guardado un cofre de tesoro o un baúl con bellos vestidos de cuando su abuela era joven o quizás no querían que nadie viera viejas fotos, con estos pensamientos la niña se durmió.

A la mañana siguiente, despertó y se puso en marcha, no había tiempo que perder, pues tenía que encontrar las siete llaves que abrieran aquella puerta. Buscó primero en los sitios más evidentes, como el colgador de llaves que había junto al espejo de la entrada, luego en el cajón donde se guardaban las cartas para ser leídas y algunas que allí quedaban olvidadas, pero no había rastro de las llaves, pensó que lo más seguro es que no estuvieran a la vista pues si tan celosamente guardaban lo que allí había, no dejarían las llaves a la mano de cualquiera, así que marchó a la habitación de los abuelos y allí, sin que nadie la viera, buscó en armarios, cajas y cajones, pero tampoco halló las siete llaves.

Se dio una vuelta por toda la casa, buscando por todos los rincones donde pudieran estar escondidas, pero nada, ni rastro de ellas.

Recordó que un día haciendo galletas con su abuela, cayó del armario de la cocina algo que su abuela se apresuró a recoger, sí, estaba junto al bote del azúcar, se subió a una silla y apartó el bote y allí estaban, justo detrás del bote de la harina. La abuela las había metido un poco más para dentro, pero allí estaban. ¡Ya las tenía! Cerró el armario, no sin antes colocar bien los botes, no quería que nadie se diera cuenta de que las había descubierto.

Se apresuró a subir hasta el desván, pues el abuelo estaba entretenido leyendo el periódico y la abuela estaba tendiendo la ropa.

Una a una fue abriendo todas las cerraduras. Y por fin, con la última cerradura abierta, la puerta se abrió. Había mucho polvo, evidenciando que nadie había subido en mucho tiempo. Trastos viejos se amontonaban en espera de que alguien les volviera a dar utilidad algún día, un maniquí, viejas maletas, cajas llenas de fotos, pero había algo que le llamó especialmente la atención, y eso no era otra cosa que una caja de pinceles. Había muchos de varios tamaños y formas, habían sido utilizados durante mucho tiempo, pues algunos casi no les quedaba pelo y todos ellos tenían rastros de pintura, muchas y de variados colores. Buscó las pinturas, pero no pudo encontrarlas. ¿Quién en su familia se había dedicado a pintar? ¿Y dónde estaban los cuadros? En aquel desván no había ni uno solo, ni tampoco en toda la casa.

La niña estuvo tentada a llevarse la caja de pinceles, pero no lo hizo, pues no podía ocultarla sin que sus abuelos la vieran y descubrieran que había encontrado las llaves que abrían el desván. Así que volvió a dejar las llaves en su sitio. Y pensó que encontraría las respuestas. Pero aunque preguntó, ni su abuela ni su abuelo contestaron sus preguntas.

Aquella noche antes de dormir, pensó en qué habrían pintado esos pinceles. Se imaginó grandes cuadros, llenos de coloridos, con preciosos paisajes, o a lo mejor, pequeños bodegones, o mejor aún pequeños animalillos correteando por el campo, junto a un río. Antes de que el sueño le venciera, se imaginó a ella misma pintando aquellos cuadros.

Como se aproximaba su cumpleaños, pidió que en aquella ocasión le regalaran pinturas para pintar grandes cuadros. Su familia se mostró asombrada, pues hasta entonces, la niña no había mostrado ningún interés por la pintura. Y así lo hicieron, cuando llegó su aniversario, encontró cajas y cajas de pinturas, acuarelas, ceras, colores de todo tipo e incluso pinceles y lienzos.

Aquella misma tarde, la niña empezó a pintar y pintó todo aquello que se había imaginado, la madre al ver las pinturas de su hija, se emocionó. Subió al desván y bajó la caja llena de pinceles, hacía mucho tiempo que no pintaba, había olvidado el olor, la emoción de mezclar colores y descubrir distintos matices. Su hija le había vuelto a recordar lo mucho que le gustaba pintar y lo mucho que amaba la pintura. Intentaba recordar porqué lo había dejado, pero no pudo recordarlo. No importaba, lo realmente importante es que volvía a disfrutar haciéndolo.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios