Publicado en Cuentos, Cuentos para sabios

La isla

Cuentan los sabios que existió una isla donde las palmeras eran las únicas que hacían sombra, era una isla pequeña demasiado pequeña para que pudieran habitar muchos seres vivos en ella, o eso al menos era lo que pensaban los hombres que iban hasta allí para disfrutar de su fina arena y sus aguas transparentes. Sí, era una isla paradisíaca donde cualquier ser humano hubiera sido feliz, a no ser porque en ella solo había espacio para que unas pocas palmeras hicieran sombra y poco más.

Un día un pescador estuvo pescando cerca de ella, con el deleite que para él suponía pescar, se le pasaron las horas y sin darse cuenta la noche se le echó encima. La isla estaba cerca de otras habitadas, pero por la noche esa distancia parecía que se prolongaba con la oscuridad.

El pescador no estaba seguro de tener suficiente combustible para llegar hasta su destino, así que buscó en su barca y encontró una manta, agua y podría hacer fuego para comer algo del pescado que había capturado aquel día. Sin pensarlo dos veces decidió que aquella noche la pasaría en la pequeña isla. Por suerte, también llevaba una linterna con pilas recién puestas, así que no tendría que preocuparse por la luz, aunque la luna había sido generosa y salió llena para acompañarle en su velada.

Atracó la barca, luego buscó refugio entre las palmeras pues aunque soplaba una suave brisa, la noche prometía ser fresca. Bajó la manta, la linterna, una botella de agua y rebuscando en la barca, encontró otra de vino, era de una buena cosecha, se puso contento: Sí, por qué no –pensó, quién mejor que él para bebérsela, aquella noche prometía ser larga. Por último el pescado, fresco, muy fresco, aun podía observar como aquel magnífico ejemplar daba sus últimos coletazos para volver al mar. Pero no, sería su cena.

Buscó ramas entre las palmeras para preparar la hoguera, prendió el fuego, con mimo y tiento empezó a dorar el pescado, cuando estuvo hecho lo puso entre unas hojas de palmera que había preparado entrelazándolas, formando una especie de plato, luego abrió la botella, dejó que los primeros efluvios se evaporaran, después dio un pequeño trago, sí, no había perdido su esencia, estaba exquisito. Cogió el plato hecho de hojas de palmera y empezó a quitar las espinas del pescado, con mucho cuidado, pues aún quemaba. La noche prometía ser perfecta.

Pero de pronto algo se movió entre las palmeras, una sombra, unos pasos, no sabía qué era, dirigió la luz de la linterna, unos ojos le observaban pero no acertaba a saber quién era. Dejó el plato, tapó la botella, cogió la linterna y marchó en busca de aquellos ojos, empezó a andar por detrás de las palmeras, se adentró en la isla y cuando se dio cuenta estaba al otro lado, era muy pequeña. Oía pasos, ruidos extraños, sombras, pero no acertaba a ver con claridad qué era. Volvió sobre sus pasos hasta la hoguera, allí seguía esperándole la cena. Se dijo para sí mismo: no hay que temer, seguro que será algún animal, volvió a coger el plato, el pescado se había enfriado, el vino le aguardaba, bebió otro trago. Y de pronto, otra vez notó que unos ojos le observaban, soltó la botella, esta vez corrió como un loco, tenía que saber qué era, pero no pudo alcanzarlo, la oscuridad hizo que la sombra se perdiera, de nuevo en la otra parte de la orilla, pero esta vez dio la vuelta a la isla, la rodeó, buscando la sombra y de aquellos ojos que lo observaban, nada, ni rastro.

Decidió nuevamente volver a la hoguera, el pescado estaba helado, y el vino derramado en la arena, la brisa llegaba ya muy fresca, pronto haría frío así que cogió la manta y se cubrió con ella, se sentía solo, desprotegido ¿y si la sombra le hacía algo mientras dormía?, si por lo menos supiera quién era, decidió no dormir estaría a la espera de que apareciera de nuevo, pero la sombra no volvió a aparecer, ni los ojos volvieron a observarlo. Con las primeras luces del día, se dio cuenta que no había estado solo, aves, monos y un delfín cerca de la orilla lo habían estado observando. ¡Qué tonto he sido! –pensó– por el temor a ser observado, me perdido una tranquila cena, con un excelente vino y un magnifico pescado.

Pero no dio aquello por acabado, volvió a la noche siguiente y esta vez cenó sin ningún miedo de ser observado. Al amanecer saludó al nuevo día contento y feliz de haberlo logrado.

*Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

Cuadro pintado por la artista Cecilia Valverde
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Manos vacías, corazón lleno

Cuentan los sabios que existió una ciudad formada por callejuelas y casas de barro. En lo alto de la ciudad había un templo, donde las gentes iban a orar todos los días y a llevar sus ofrendas a distintos dioses.

En cada esquina de la ciudad había un mendigo; formaban parte de ella y las gentes se habían acostumbrado a verlos allí, por lo que nadie se paraba para auxiliarlos, ni para darles una limosna. Sin embargo, el templo estaba lleno de flores, frutas y monedas que ofrecían esos mismos ciudadanos a los dioses.

Llegó un día en que la lluvia dejó de visitar a aquella ciudad, y tras ese día llegó otro y otro, pasó un mes, luego otro y aquel extraño fenómeno se convirtió en una auténtica catástrofe. Poco a poco se fueron secando los campos, las cosechas se perdieron, los árboles dejaron de dar frutos y las flores de florecer.

El agua se convirtió en un bien muy preciado, tanto que la gente comenzó a pagar por ella auténticas fortunas.

Los campos se habían perdido, los pastos se habían secado y apenas había agua para consumo humano, así que dejaron de dársela a los animales, sacrificándolos para que no sufrieran. Se interrumpió la construcción de casas, pues estas eran de barro y la falta de agua imposibilitaba hacerlo.

Sin embargo, en el templo no faltaban flores, frutas y monedas para ofrecer a los dioses. Los campesinos se arruinaron, los ganaderos también, así como los constructores y todos los demás, uno a uno fueron cayendo como si de una fila de fichas de dominó se tratara, en la que van cayendo una a una al empujar la primera, y esto era lo que había originado la falta de agua.

El número de mendigos en las calles se fue incrementando, y curiosamente se redujo el de ofrendas en el templo. La gente no tenía para comprar las pocas flores que quedaban, la fruta se había convertido casi en su único alimento y el dinero era escaso para sobrevivir.

Llegó el día en que la gente no pudo ir al templo a hacer sus ofrendas, lo que hizo temer que la furia de los dioses cayera sobre ellos aún más y les mantuviera en sequía por los tiempos de los tiempos.

Pero no fue así: cuando la última flor se secó, la última fruta se pudrió y las monedas se acabaron, ese mismo día empezó a llover, al principio tímidamente, pero luego, al ver la lluvia el estallido de júbilo de la gente, empezó a caer con fuerza, limpiando calles, llenando pozos y acequias, mojando la tierra de los campos.

Llovió el tiempo suficiente para llenar, mojar y limpiar todo lo necesario. Después volvió a salir el sol.

Para agradecer la lluvia, las gentes volvieron al templo, llevando lo poco que podían ofrecer a los dioses. Una vez allí, se encontraron con las puertas cerradas. Cuando se disponían a llamar, apareció tras ellas un viejo monje, que con voz tranquila y serena les dijo:

―¿No habéis aprendido nada? Los dioses no necesitan flores, frutas ni ofrendas, las necesitan vuestros hermanos que están en las esquinas. Dádselas a ellos y los dioses quedarán contentos. Cuando vengáis a verlos, venid con las manos vacías y el corazón lleno.

Y no hizo falta más sequía, pues todos y cada uno aprendieron de ello.

Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios
Publicado en Cuentan los sabios, Cuentos

Mucho por latir

Cuentan los sabios que había una vez un corazón que al principio de su existencia había sido inocente, sensible, abierto, pero con el tiempo fue creciendo y haciéndose cada vez más duro.

Cada herida producida formaba una fina capa alrededor de él. Llegó el día en que la unión de tantas finas capas formó una especie de caparazón.

Seguía funcionando bien, pues aunque llevaba esta especie de armadura eso no le impedía seguir realizando su trabajo, pero con el tiempo también perdió el vigor y poco a poco el peso del caparazón se fue notando. Los demás órganos sabían de su existencia porque les llegaba sangre, pero cada vez les costaba más oírlo y eso era debido a la gruesa capa que había creado.

Nadie se atrevía a decirle nada, ningún órgano quería mandarle el mensaje de que se quitara la coraza y así funcionaría mejor, ¡cómo decirle algo al corazón!, él era órgano principal, sin él ninguno funcionaría, todos se pararían.

Pero llegó una simple gota de sangre que venía del cerebro y le dijo:

―¿Sabes?, me ha costado mucho llegar hasta aquí, casi no paso y me quedo atascada por culpa de esa coraza que te has puesto. Te advierto que hay otras gotas más gruesas que yo, y si no pueden pasar formarán un tapón y entonces dejará de llegarte sangre y nada podrás hacer.

―Es que si lo quito, se verán mis heridas.

―¡Vaya, qué novedad! ―le dijo la gota de sangre irónicamente―. A estas alturas todos los órganos tienen cicatrices, algunas curaron y no dejaron huellas, otras sí, pero ¿qué importa eso?, lo importante es que se ha utilizado, se ha usado, se ha respirado, se ha vivido… Tú verás lo que haces, pero te advierto que en cualquier momento puede llegar otra gota más gruesa que yo y entonces será tarde.

El corazón lo pensó, tenía poco tiempo y decidió seguir sin coraza. Sabía que la gota de sangre tenía razón, pero se había hecho muy pesada y no le era fácil quitársela solo, así que pidió ayuda a la sangre, que gustosamente le ayudó a arrastrar aquellas pequeñísimas capas que la formaban. Poco a poco, los demás órganos volvieron a oír un sonido que hacía mucho tiempo que no oían, y que no era otro que los latidos del corazón: aún quedaba mucho por latir, aún quedaba mucho por vivir. 

Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios