La costurera

Cuentan los sabios que existió un lugar rodeado de magia, pues todo lo que en él había tenía una textura aterciopelada, las flores, el campo e incluso el río que por él pasaba, parecía estar confeccionado por una gran costurera, ya que las flores tenían un acabado aterciopelado en su tallo y en sus hojas, también al darle el brillo del sol parecían de purpurina. Las aguas del río, pasaban tan quietas que daban la impresión de ser un manto de terciopelo azul, con destellos de purpurina e incluso las aves que allí habitaban tenían un plumaje diferente al resto conocido, pues sus plumas parecían pequeños retales de terciopelo de colores.

En aquel entorno mágico, vivía una mujer cuyo oficio era, como no podía ser de otra manera, costurera; parecía que ella misma con sus manos había construido aquel maravilloso y hermoso lugar. La mujer bajaba al pueblo a recoger los encargos que le solicitaban y no eran pocos, pues la maestría con la que cosía era admirada y solicitada en toda la comarca. Así que nunca le faltaban encargos para poder remendar un traje, vestidos o manteles. Ella siempre les daba un toque especial, casi mágico y los devolvía, sin que parecieran los mismos que le habían sido entregados, siempre, siempre sacaba lo mejor de cada trapo, de cada camisa, de cada vestido, de cada pantalón, reconvirtiéndolos en una nueva prenda.

Pero aquellas manos no eran felices haciendo aquel trabajo. Lo que realmente la mujer deseaba era que su voz fuera admirada igual que lo eran sus manos, pero nunca se atrevía a dejar la costura y ponerse a cantar. ¿A dónde voy a ir yo cantando? –pensaba. Y así remiendo tras remiendo, la mujer iba cantando para sus adentros. Ni tan siquiera los pájaros que le acompañaban en las tardes soleadas de verano, conseguían arrancarle una melodía que acompañara a sus cantos.

Un día, mientras cosía pensando en una nueva canción que había oído en el pueblo y en lo bella que era su melodía y lo acertada de la letra, sin darse cuenta se pinchó. La sangre que manaba de su dedo había manchado la prenda que estaba cosiendo, así que dejó la costura y se dirigió al río para lavarla, antes que la mancha se secara y no pudiera limpiarla. Al estar frente al río, se miró en sus aguas, se percató de su belleza y de que había pasado mucho tiempo sin detenerse a mirarse el rostro, ni tan siquiera lo hacía cuando se peinaba, alguna arruga asomaba por él y también alguna cana. Eso será el reflejo de las aguas –pensó. Pero cuando volvió a casa y se miró en el espejo: No, no era ningún reflejo. Pensó en que la vida había pasado por ella entre remiendos de prendas, todo lo que había hecho era arreglar las prendas rotas o descosidas de los demás, pero y ¿las suyas? Hacía mucho que no se compraba nuevos vestidos, ni había salido a dar un paseo, siempre el mismo recorrido de casa al pueblo, recogía los encargos y vuelta. La vida se estaba pasando entre remiendo y remiendo, y no quería que pasara ni un día más así. Así que abrió su armario, cogió el vestido con menos remiendos y marchó de nuevo al pueblo, esta vez no iba a recoger encargos, no iba a hacer más remiendos. Estaba decidida, se compró un nuevo vestido y continuó su marcha, se alejó del pueblo y cantó, nadie volvió a verla, nadie supo nunca dónde se había marchado. Pero todos las recordaron en cada prenda que había pasado por sus manos, y con el tiempo fue recordada como la costurera que había puesto magia de terciopelo en aquel mágico lugar.

*Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

Anuncios

El pequeño árbol

Cuentan los sabios que existió un bosque perdido entre las montañas. El bosque tenía difícil acceso, solo y únicamente se podía acceder a él a través del cauce de un río. Para las nubes que cruzaban este tramo, les parecía uno de los más hermosos sitios, anclados en la Tierra.

Era bello, hermoso, pues los árboles se iban abriendo paso hacia el cielo a pesar de que tenían ancladas sus raíces en la tierra y sus troncos iban extendiéndose con el paso del tiempo cada vez más y más. Algunos lo hacían a lo ancho, otros crecían a lo alto, como si su única meta fuera tocar aquellas nubes que asombradas miraban aquella maravilla de la naturaleza.

Siguen contando los sabios que entre todos aquellos árboles, había uno distinto, aunque todos y cada uno de ellos era especial, pero este era, si cabe, diferente pues aunque deseaba como todos los demás crecer, había dejado de hacerlo, por mucho que se esforzara no conseguía llegar a más altura, ni su tronco se ensanchaba más, parecía que había dado todo lo que podía dar de sí. Sin embargo, era el preferido por los pájaros, en sus ramas siempre se posaban y no había ave que pasara por aquel bosque que no fuera a parar a aquel árbol.

En primavera, sus frutos eran los más deliciosos de todos era entonces, cuando más y más pájaros se posaban en él, porque todos querían picotear y probar aquellos manjares que para ellos eran sus frutos.

El árbol se sentía feliz por estar lleno de pájaros, aunque a veces, sintiera que todos ellos pesaban mucho para él; otras sentía miedo de que alguna rama no pudiera aguantar el peso y acabara rompiéndose y ese miedo no era por él, es decir, por su rama, sino porque al romperse pudiera dañar a algún pájaro, pero ese miedo se disipó el día en que uno de ellos le dijo: Recuerda que somos pájaros y tenemos alas, no nos podemos caer al suelo porque volamos. Entonces, pensó que era verdad, ¿cómo había tenido miedo a algo que era imposible que sucediera? Y ese fue el primer día, en que se dio cuenta de que los pájaros no venían para aprovecharse de él, sino que él podría disfrutar de ellos, no solo con sus cantos además podía conversar con ellos y así fue como sin mover sus raíces de la tierra firme, pudo conocer a través de ellos el mundo que había más allá de las montañas. Supo que había casas, pueblos y ciudades y que en ellas vivían personas e incluso que en esos lugares habían espacios para árboles como él y los llamaban campos, parques y jardines, también supo que habían selvas donde los animales luchaban ferozmente por sobrevivir y que los árboles que habitaban en ellas, vivían ligados a plantas que crecían gracias a ellos, también supo de lugares donde no había ni un solo árbol en muchos, muchos kilómetros y que estos lugares estaban cubiertos no de tierra, sino de arena.

Con el tiempo descubrió, que no le hacía falta crecer más, no necesitaba ser tan alto para llegar más allá, pues había visto a través de los ojos de los pájaros lo que había tras las montañas, ni tampoco necesitó ser más ancho, pues siendo así como era los pájaros lo elegían a él. Siendo como era daba en primavera excelentes frutos y estos gustaban a sus amigos los pájaros, si no hubiera sido así con esa altura y ese tamaño de tronco, no habría sido él, no habría sido el árbol elegido por los pájaros para posarse.

Con el tiempo se dio cuenta de que lo importante no era conseguir ser quien no es. Sino disfrutar de todo lo que en realidad era, un pequeño árbol, lleno de pájaros, rodeado de grandes árboles, en el bosque que había entre las montañas.

*Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

El pequeño árbol

Entre telas

Cuentan los sabios que existía una tienda con muchas, muchas telas. Las había de todos los colores, de todas las clases, de todas las texturas, de todos los estampados. En dicha tienda podías entrar y perderte entre tejidos, pues en vez de una tienda parecía un laberinto de estanterías con muestras de telas, repisas y mostradores con más y más telas.

Todo el que entraba allí buscando una tela, salía con ella, lo que menos importaba era cómo era la tela que buscaba, pues al salir, salía con la convicción que había encontrado lo que iba buscando.

La puerta de la tienda tenía grandes cristaleras y desde fuera se podía ver las enormes estanterías, los mostradores llenos de telas. No tenía escaparate, pues la tienda en sí era su propio escaparate. La verdad es que para entrar tenías que estar muy seguro de lo que ibas buscando y que eso fuera un retal de tela, pues si no buscabas telas y entrabas, salías completamente mareado de todo el colorido visto allí, así como del ambiente tan cargado que se respiraba en ese lugar, y no era por falta de respiración pues la tienda, excepto el sótano, tenía unos grandes ventanales por donde entraba la luz y la ventilación. El ambiente era denso, precisamente por las telas, pues todas ellas esperaban ansiosas ser elegidas para poder mostrar todo su esplendor, además también les inquietaba estar metro sobre metro, palmo sobre palmo apretujadas unas contra otras, esperando que llegara la hora de cumplir con su misión, vestir, tapar, adornar o cubrir algo.

Un día apareció por la tienda una mujer, al principio solo asomó su cara por los enormes ventanales, se notaba que andaba buscando algo, pero su cara denotaba que no sabía muy bien el qué, se dio la vuelta y se perdió calle arriba, para pasadas unas horas volver. Esta vez se situó en la puerta de la tienda. Llevaba unas cuantas bolsas pero su actitud seguía siendo dudosa, ponía un pie adelante como para iniciar la marcha, pero paraba, ponía una mano en el pomo de la puerta para entrar, la quitaba, al final dio media vuelta y volvió a marchar. Pasados unos minutos regresó, esta vez cargada con más bolsas, aun así aunque dudó al principio, esta vez, sujetó el pomo de la puerta con fuerza y entró.

Lo primero que hizo al entrar fue suspirar: Bueno, ya estoy dentro -pensó. Cogió el pasillo de la derecha, era el que parecía tener más colorido en sus telas, echó un vistazo a la primera estantería. Sí, había gran variedad de colores, pero no estaba justo el que ella buscaba, había algunos que se asemejaban pero no eran cómo la idea que llevaba en su cabeza. Así que siguió caminando y mirando por todas aquellas telas. Le gustaban las flores, vio unas telas con enormes flores estampadas con mucho, mucho colorido, eran muy bonitas, pero no era eso lo que iba buscando así que aunque le gustaban, las dejó allí.

Una vez repasado el primer pasillo a la derecha, giró para tomar el siguiente, en este estaban las telas de cuadros, de todo tipo, cuadros más grandes, más pequeños, escoceses, patas de gallo, de todos los tipos y tamaños que uno pudiera imaginarse. Algunas eran muy, muy bonitas, pero no eran cuadros lo que ella iba buscando, así que las dejó allí. Pasó al tercer pasillo, ahora le tocaba el turno a las sedas, bordados y lentejuelas, telas con incrustaciones, algunas realmente originales y espectaculares, pero no aunque había realmente preciosas, no era eso lo que ella iba buscando. Pasado este pasillo, encontró una escalera subterránea que bajaba al sótano, donde habían más y más telas, esperando ser las elegidas. Allí, estaban las telas de todo tipo y para toda clase de eventos, para disfraces, telas para vestir las ventanas, estampadas con muchos y diferentes motivos, algunas incluso con dibujos tan divertidos y alegres que hacían evocar una sonrisa a todo aquel que posaba sus ojos en ellas. Y tenía que reconocer que aunque no fuera para nada aquello que ella iba buscando, algunas eran muy alegres y graciosas. Pero evidentemente, no era lo que ella iba buscando.

Al girarse para volver a subir la escalera, sintió un leve mareo, cerró los ojos un momento, y de repente solo escuchaba los latidos de su corazón iban muy aprisa. Necesitaba aire fresco, intentó subir las escaleras, pero sus pies le pesaban mucho, de repente era como si fueran de plomo, intentó serenarse, se apoyó en la pared que había al lado de la escalera, habían algunas personas en aquel sótano, no estaba sola, pero todas ellas estaban buscando y mirando telas, así que ninguna se percató de que su cara estaba tan blanca que parecía un lienzo. Intentó controlar la situación, que nadie se percatara de que sus pies eran de plomo y las paredes y las telas daban vueltas por su cabeza, tenía la garganta seca, muy seca, así que buscó entre las bolsas que llevaba un botellín de agua, y bebió. Como pudo se sentó a los pies de la escalera, cerró los ojos y respiró lentamente, aunque fue difícil encontrar aire en aquel ambiente tan tenso, lo encontró y poco a poco fue serenando su respiración, luego su corazón dejó de palpitar tan fuerte, temía abrir los ojos y que las telas y paredes siguieran dándole vueltas, así que se tomó unos minutos más, cuando se disponía a abrirlos una voz le dijo: «¿Se encuentra usted bien?». Al abrir los ojos, vio una cara dulce, con una sonrisa como pocas veces había visto en rostro alguno. «Sí»- le respondió y seguido se levantó, su cuerpo le obedeció a la primera, y sus pies dejaron de pesar como el plomo pudiendo subir sin problemas por la escalera. Una vez arriba, se dirigió a la puerta, necesitaba salir de allí, respirar aire fresco, pero cuando se disponía a abrir aquella enorme y pesada puerta de cristal, por el rabillo del ojo divisó una tela, se giró y allí estaba, ese era el color exacto que buscaba, el que ella se había imaginado en su cabeza, la textura era la misma, así que se dirigió a la persona que antes le había preguntado si estaba bien, y con su hermosa sonrisa, le cortó el trozo de tela que necesitaba, bueno o que ella creía que necesitaba, pues no tenía muy claro en qué iba a utilizar esa tela. Lo único que le importaba es que la había encontrado y que si necesitaba más, sabría dónde estaba y dónde encontrarla.

Pasado un tiempo, volvió a la tienda, necesitaba más tela pues ya sabía qué iba a hacer con ella, se dirigió a la estantería donde la encontró la primera vez, pero allí no estaba; preguntó a los dependientes e incluso buscó a la persona con la hermosa sonrisa, pero allí tampoco estaba; buscó por toda la tienda, sacó su muestra, pero la tela estaba agotada. Se desesperó, tendría que buscar de nuevo, empezar de cero, las telas empezaron a bailar de nuevo en sus estantes, las paredes también, el corazón a latir con fuerza y los pies de nuevo pesando como plomo. No, no quería volver a pasar otra vez por eso. Así que cerró los ojos, respiró tranquilamente y al abrirlos encontró otra tela, no era la misma, pero también era bonita, y el color, similar al primero. Así que compró otro trozo y poco a poco, controló su cuerpo y sus deseos. No pasaba nada, sabía cómo hacerlo.

*Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

Vivir viajando

Cuentan los sabios que existió un pueblo cuyas gentes vagaban de un sitio a otro. Les gustaba cambiar de casa, tenían esa curiosa manía, de forma que ninguno tenía en propiedad una pues eran todas de todos. Lo hacían de la manera siguiente: cuando una familia estaba ya cansada de una casa, marchaban en busca de otra y siempre, siempre había algún vecino cuya familia también se había cansado de la casa donde habitaban y estaban dispuestos a intercambiársela. Por mucho que cambiaban, nunca llegaban a vivir en todas, ni tampoco había habido nunca problema alguno.

Llegó un día un extraño pasajero que venía montado en una especie de casa con ruedas a la cual llamaba «caravana»; nadie en el pueblo había visto antes nada igual. Todos y cada uno de los habitantes fueron a ver y curiosear la extraña casa con ruedas.

El visitante estaba algo confundido, pues para él aquella gente era muy extraña, ¡no habían visto antes una caravana!, pero lo que más le chocó fue descubrir esa extraña «costumbre» de intercambiar casas.

Los lugareños hicieron una reunión, todos querían probar qué tal se vivía en la «casa con ruedas», así que le hicieron una propuesta al visitante. Ellos le dejarían todas las casas del pueblo, podría elegir la que quisiera, pues todos estaban encantados de intercambiarla, y él, si accedía, les dejaría acceder a su caravana.

El visitante aceptó la propuesta: fue probando todas y cada una de las casas del pueblo, y a su vez los lugareños probaron su caravana. Cuando ya no quedaba ni una casa más que probar, y todos habían pasado por ella, volvieron a reunirse. Tenían muchas preguntas que hacerle. Uno a uno fueron preguntando:

―¿Por qué vives en una casa con ruedas?

―Porque eso me permite conocer a gente y lugares diferentes.

Todos callaron.

―¿Por qué te gusta vivir en un espacio tan reducido?

―Porque así viajo ligero.

―¿Qué te ha parecido la experiencia de vivir en nuestras casas?

―Me ha gustado.

Todos le miraban esperando que dijera algo más, a lo que, después de carraspear un poco, añadió:

―Tenéis unas casas muy bonitas.

Todos lo miraban en silencio.

El viajero empezó a sentirse incomodo, así que el más anciano de todos ellos se levantó y le dijo:

―Viajas en una casa con ruedas para conocer gente y lugares diferentes. Vives en un espacio reducido para viajar más ligero. Y de la experiencia de compartir nuestras casas, solo has visto que tenemos unas casas muy bonitas.

―Sí ―dijo el viajero.

―Pues hijo, permíteme que te sugiera que sigas viajando.

El viajero le preguntó:

―¿Por qué me dice eso?

―Porque aquí has conocido a mucha gente, todo un pueblo. Has visto muchos lugares diferentes, pues cada casa es un mundo, y has viajado tan ligero que solo has necesitado una pequeña mochila con tus cosas personales, y a pesar de que esto es lo que te motiva a viajar, no lo has visto, no lo has aprendido, ni lo has disfrutado. Por eso, te sugiero que sigas viajando y buscando, y te deseo que la experiencia que has tenido en nuestro pueblo te sirva para algo.

Al alba, el viajero arrancó su caravana y siguió viajando. Sabía que aquella experiencia le había marcado y empezó a viajar disfrutando.



*Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios

Cansado de caminar

Cuentan los sabios que existió una vez un hombre cansado de caminar. Hacía mucho tiempo que andaba sin rumbo fijo por los caminos, esperando a que algo o alguien fuera lo suficientemente importante o interesante para detener su rumbo, pero nunca había encontrado nada que pudiera interrumpir sus pasos. Iba de pueblo en pueblo vagando, pensando siempre en que a lo mejor en el siguiente pueblo hallaría aquello por lo que mereciera la pena dejar de caminar. Y así iba, pueblo tras pueblo buscando.

En ellos conocía a mucha gente, pero nunca llegaba a conocerlos a fondo porque no se quería encariñar, ya que sabía que aquellas relaciones solo serían de paso, pues pronto marcharía a seguir buscando. También descubrió lugares bellos, que le ofrecieron amaneceres, atardeceres y anocheceres bellos, donde a fin de poder seguir disfrutando de esos momentos cualquiera hubiera decidido poner fin y asentarse, pero el hombre seguía pensando que en algún lugar todavía habría algún momento mejor que permitiera poner fin a aquella caminata en la que se había convertido su vida.

Un día en que se detuvo a descansar, se encontró frente a una enorme cantidad de arena, arena y más arena, y por más que lo intentó no pudo divisar nada más, solo un inmenso desierto. No entendía cómo había ido a parar allí. Miró al Norte, al Sur, y nada, solo arena; al Este, al Oeste, y nada, solo arena. Siguió caminando, en algún sitio encontraría algo, andando llegaría a algún lugar, siempre lo había hecho y estaba seguro de que esta vez sus piernas también le llevarían a un lugar mejor.

Caminó todo el día y también toda la noche, sin hallar más que arena y más arena. No tenía duda de que al amanecer, cuando el sol se asomara, a lo lejos vería una ciudad, un oasis, algo. Pero el sol apareció y solo le mostró arena y más arena.

Rendido, lloró amargamente. Clavó sus rodillas en la arena e imploró ayuda. Por primera vez en toda su vida, se sentía perdido y lo peor no era eso, lo peor era pensar que de allí no saldría, que no encontraría nada más. Sentía que había llegado a la nada, donde no había nada, ni nada por lo que seguir luchando. Cuando el sol marchó ya no le quedaban lágrimas que derramar. La luna grande y hermosa le trajo consuelo, estuvo largo rato mirándola, a ella y a las estrellas, las había visto muchas veces, pero ninguna noche le habían parecido tan hermosas como aquella. El silencio de aquel desierto calmó su espíritu y entonces, solo entonces, pudo oír una voz que salía de su interior. Añoraba las risas de la gente, los gritos de los niños, los cantos de las mujeres, y cada uno de estos recuerdos le traía la imagen de alguno de los pueblos por los que había pasado. Añoraba los guisos de las gentes de los pueblos del Norte, las risas y la alegría de los pueblos del Sur, los verdes prados del Este y la brisa del mar del Oeste.

Una sonrisa iluminó su cara. Sí, había conocido a gente por la que merecía la pena detener su caminar. Sí, había conocido lugares bellos donde detener sus pies para seguir disfrutándolos el resto de sus días. Entonces ¿por qué no lo había hecho? ¿Por qué siempre pensó que encontraría algo mejor? Allí, en la nada, donde no había nada, más que arena y un inmenso desierto, descubrió que había vivido sin vivir, que había mirado sin ver, pensando que había algo mejor sin disfrutar de lo bueno, que estaba en esos precisos momentos a sus pies.

Lamentó el tiempo perdido, pero lamentándose no saldría de la nada, así que esperó a que el sol saliera de nuevo y, cuando lo hizo, sacudió la arena de su cuerpo y empezó a andar. Ya no estaba perdido, sabía cuál era su rumbo, y volvió a pisar huella tras huella los pasos que le habían llevado hasta allí.

A veces volver atrás no significa retroceder, sino volver a empezar y aprender a disfrutar.

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

La maleta

Cuentan los sabios que existió una maleta. La misión de aquella maleta era viajar, viajar por muchos lugares, conocer muchos destinos,pero no solo ir vagando por los lugares, sino también habría momentos de reposo donde estaría guardada en un armario descansando a la espera a volver a ser útil. Tan importantes eran unos como otros para su misión.

En el principio, como todo ser creado era fuerte, impoluta,con un asa resistente al peso y unas ruedas que le ayudaban mejor a soportar lo que dentro de ella tuviera cabida. Al abrirla y mostrar su interior, olía a nueva, materiales recién sacados de la fábrica, sin ningún rastro de otra cosa ni de otro olor mezclado.

En su primer viaje, todo fue apasionante, cambiar de un paisaje a otro le pareció toda una aventura, así como ser transportada en una cinta, para luego juntarse con otras de diferentes tamaños y materiales en la bodega de un avión, que aunque fuera un lugar frío, ella apenas lo notaba pues era más la excitación de lo que estaba por venir, que sentir el frío posado en su cuerpo. Cuando la puerta de la bodega del avión se abrió la oscuridad marchó para dar paso de nuevo a la luz, a una nueva luz, una nueva temperatura, un nuevo aire, una nueva ciudad o país, daba igual, lo importante era que iba a ser su primera aventura.

Tras un corto trayecto junto a las demás, de nuevo otra cinta transportadora, para ser de nuevo rescatada por las mismas manos que la habían escogido entre todas las demás en aquella tienda. Llevaba poco peso en su interior, pues para aquella primera aventura no había cargado con mucho,simplemente lo necesario, por eso sabía que no sería una aventura larga, pero sí necesaria para ir aprendiendo que sus ruedas tenían que caminar juntas pues si alguna se despistaba, es decir, se torcía, las demás sufrían el desequilibrio del peso. También aprendió que no todos los caminos son lisos y planos, fáciles de rodar, sino que había veces que había que parar, pues una especie de muro pequeño le impedía continuar y era entonces cuando volvía a necesitar ayuda de aquellas manos para salvar el obstáculo. En otras calles, se encontraba con pequeños huecos que hacían que alguna de sus ruedas quedara encajada allí, o sufriera un golpe al pretender saltarlo. Pero todo aquello formaba parte de la aventura, así que la maleta en su primer viaje disfrutó y aprendió mucho de él.

Luego en un hotel, descubrió lo que era caminar por una alfombra, aunque sus ruedas no se deslizaran con fluidez, notaba la calidez de esta en ellas. En la habitación había un lugar para ella y allí era dejada para abrir su interior y sacar lo que en él se había guardado, pues era lo necesario para aquel viaje. Después tomaba un respiro, hasta que volvía a ser llenada de nuevo, pero esta vez, con distintos olores, distinto peso, distintas texturas,era como guardar en su interior restos del cuerpo de aquellas manos. Pues todo ello guardaba la fragancia de aquellas manos.

Y otra vez la alfombra, otra vez las calles, otra vez las aceras, los hoyos en el pavimento, el peso y la cinta transportadora, la bodega junto a las otras, y volar de nuevo hacia otro destino, otra aventura o quizás para reposar de nuevo en un armario en espera de ella. Y así transcurría su existencia, viaje, armario, armario, viaje. Con la diferencia en que cada viaje dejaba una huella en su cuerpo, algunas veces su cuerpo había sido tratado con tan poca delicadeza que los golpes habían dejado marcas difíciles de arreglar,arañazos en su material, cremalleras rotas o difíciles de cerrar, ruedas sucias y alguna con dificultades para seguir rodando, mezclas de olores en su interior. Pero todo ello era el resultado de haber sido utilizada mucho, de no haber sido aparcada en el fondo de un armario, sino todo lo contrario, de haber servido para lo que había sido creada. Aunque todas aquellas experiencias,todos aquellos viajes, todas aquellas aventuras, hubieran dejado tantas marcas y huellas, la maleta era feliz, pues sabía que cuando llegara el turno de retirarse definitivamente de todo aquello, cuando su cuerpo, sus ruedas, toda ella no aguantara más aventuras, descansaría en el fondo de un armario y su cuerpo le recordaría todo lo vivido y entonces seguiría estando feliz, porque sabía que había sido útil para lo que había sido creada, su misión estaba cumplida y ahora solo cabía esperar guardada en un armario a su último viaje,el que sin lugar a dudas, sería el más apasionante .

Cuento incluido en el libro Cuentos para sabios

Corazones de tela

Cuentan los sabios que existió un lugar cuyas gentes vivían en paz y armonía.

Llegado de otras tierras, apareció un día un visitante. Las muchachas lo miraban con interés, pues su cabello y su rostro eran muy bellos.

El visitante empezó a conocer a sus gentes, y le gustó lo que allí encontró, así que decidió instalarse. Al principio pensó en hacerse zapatero, luego carpintero, hasta que finalmente optó por el oficio de sastre, abriendo su pequeño negocio a las afueras del pueblo.

Al principio despertó la curiosidad de los vecinos, para después despertar la alegría de las muchachas, ya que las noticias no podían ser mejores: sastre y encima ¡guapo! Las muchachas, aunque tímidamente, fueron acercándose a él,primero para ver sus telas, luego para encargarle vestidos y sombreros, y poco a poco fueron conociéndolo y perdiendo la timidez inicial.

El sastre, por su parte, también las iba conociendo una a una: las había tímidas,que se ruborizaban al recibir bonitas palabras; las había alegres y divertidas,con lenguas capaces de sonrojar al más robusto e impasible hombre.

El sastre cada vez estaba más feliz, pues iba descubriendo gracias a su oficio el corazón de aquellas mujeres, que entre telas, bordados, tizas y tijeras se lo iban abriendo, al tiempo que él les fabricaba un vestido a su medida.

Con el tiempo y la práctica, fue desarrollando la capacidad de, con solo tocar la mano de la mujer a la vez que miraba su rostro, saber cómo deseaba ser vestida.

A la tímida y recatada, suaves telas de seda, con colores pastel que exaltaran su dulce carácter; a la alegre y vivaracha, colores vivos y tules que transmitieran su alegría; a la seria y recta, linos moldeables y colores tierra que le abrieran sus pequeños momentos de libertad, y así, una tras otra, fue conociendo a aquellas mujeres.

La fama del sastre y su especie de don fueron extendiéndose por todas las regiones y a su pequeño local llegaban todo tipo de mujeres, algunas hermosas, otras no tanto, jóvenes, maduras, adultas, inocentes, introvertidas, extrovertidas y acreedoras a toda clase de adjetivos que se puedan imaginar.

Pero un día llegó una mujer misteriosa, y no por su aspecto, sino porque al cogerle la mano y mirarla a los ojos el sastre no pudo saber cómo debía vestirla, cosa que le desconcertó sobremanera, pues hasta entonces nunca antes le había sucedido, así que hizo pasar a la dama y la acomodó en el sillón de su tienda. Mientras conversaban animadamente, él no dejaba de observarla, en un intento por tener claro cómo podría vestir a aquella mujer, pero no, por mucho que conversara con ella, no tenía ni idea de cómo hacerlo.

En vista de que andaba bastante perdido, acordó con la dama en que volviera a visitarle al día siguiente, con la excusa de que estaba sobrecargado de encargos y que el margen de un día le ayudaría a despejar su trabajo, pero sobre todo su mente.

Y así lo hicieron: la dama marchó tras quedar citada para la mañana siguiente. El sastre, mientras pensaba y pensaba en ella, recordaba su rostro milímetro a milímetro, la textura de su piel, el color de su mirada, el brillo de su cabello y la melodía de su voz, pero algo escapaba a sus sentidos, algo fundamental para ser catalogada como al resto.

Tal como acordaron, a la mañana siguiente la dama apareció en su pequeño local; el sastre había pensado en ella todo el tiempo desde su marcha hasta su nuevo encuentro.

Al verla de nuevo, al coger su mano, al mirar sus ojos, se dio cuenta de que era única, de que nunca sabría lo suficiente sobre ella como para hacerle un vestido a su medida.

Y sin apartar sus ojos de los de ella, le abrió su corazón y le dijo:

―He conocido a muchas mujeres de todos los lugares, de toda clase y tipo, pero contigo algo se me escapa y no acierto a adivinar qué es. Lamento decirte que no puedo hacerte el vestido que deseas, porque no sé cuál es.

La dama lo miró con curiosidad, y una sonrisa se dibujó en sus finos labios.

Seguidamente le dijo:

―Y entonces ¿por qué no me lo preguntas? ¿Por qué no me preguntas cómo me gustaría vestirme, cuáles son los colores que me gustan, las telas, si me gustan los bordados o no?

El sastre se quedó sorprendido ante tal proposición. No, él no podía hacer eso,eso lo hacían los demás sastres, pero él no, él era único y adivinaba con solo tocar la mano y mirar a los ojos de la dama lo que esta deseaba. ¿Qué sería entonces de su fama? ¿Qué dirían de su don? Que lo había perdido.

La dama, adivinando sus pensamientos, le dijo:

―¿Qué es lo más importante para ti? ¿Por qué te dedicas a vestir a las mujeres?

―Para verlas bellas― le respondió sin apenas ser consciente de sus palabras.

―Entonces,no te tiene que importar cómo se desarrolle el proceso, sino el resultado final; a veces podrás verlas tan claro como un libro abierto, otras no, pero para ello siempre puedes dejar tu don a un lado y preguntar, no creo que ninguna se resista a decirte abiertamente cómo quiere ser vestida. Y te garantizo que el resultado final siempre será el mismo. Seguirás vistiendo a mujeres de todo tipo, bellas y hermosas a tus ojos, a los suyos y a los de todo el mundo.

Y así lo hizo el sastre a partir de aquel momento; eran contadas ocasiones en que no sabía cómo vestir a aquella mujer que había acudido a él, pero cuando esto pasaba, dejaba a un lado su «don» y les escuchaba cómo querían ser vestidas.

Y pudo comprobar que aquella dama tenía razón, pues conseguía sacar de ellas, a través de sus vestidos, lo que venían a buscar: sentirse hermosas por fuera,porque por dentro todas y cada una de ellas sabían que lo eran.

* Cuento incluido en el libro Cuentan los sabios